El diálogo depende de la tenacidad de los jóvenes

Así como la valentía de los universitarios — y su terquedad para no someterse a la agresión y posterior represión— logró un despertar ciudadano, ahora son la única fuerza moral y garante en este diálogo nacional colmado de viejos conocidos.

No en vano fue el gobierno quien pidió mediar a la Iglesia, discreto observador en once años de gobierno. Tal vez ya nadie recuerda alguna carta pastoral que invoca, como hoy lo hace el Estado, la paz a cualquier costo. Una paz con omisiones.

Si no es un viejo aliado, al menos, es un conocido con pocas ganas de luchar. A pesar de lo conmovedor que se ven los curas mediando ahora entre barricadas.

Del otro lado, están los empresarios, hasta hace un mes, aliados estratégicos del gobierno, y colmados de intereses o deudas adquiridas. Los socios de Daniel Ortega, con millones de dólares en juego, servidos de una alianza que se rompió frente a un estallido social muestran la fragilidad del capital nacional. Son pocos, lo saben. Los de a pie son la mayoría que se moviliza.

Los empresarios que buscaron a estudiantes y campesinos para menguar el golpe económico de la acción ciudadana, buscan minimizar el impacto en sus bolsillos, garantizar una salida (no precisamente de Ortega) que no se convierta en una venganza o pasada de cuentas sobre sus múltiples negocios. Muchos tratos bajo la mesa hay que defender o esconder.

La democracia, la institucionalidad o la plata, no sé. ¿Qué es más importante para el Cosep?

Luego están los mismos de siempre, Ortega, Murillo, Talavera, Arce, Porras, los sindicalistas-empresarios. Otro cura que es también rector. Y bueno, tres miembros de la sociedad civil.

Una mesa entre socios, de donde extirparon a los campesinos, porque el pueblo no es dueño de nada, solo de su propia sangre, la misma que expone en las calles, como ha sido en toda nuestra historia.

“De dos en dos, de diez en diez, de cien en cien, de mil en mil, descalzos van los campesinos con la chamarra y el fusil”.

Ahora los estudiantes se sientan a la mesa con los que han llevado al país a esta crisis. Todos los culpables tratando de arreglar lo que ellos mismos construyeron. ¿Es posible eso?

Nuevamente minúsculos, reducidos en la mesa a una minoría, en esta trama donde conocerán traiciones, pactos e intereses mezquinos. Darán pelea sin más armas que su dignidad. Pero es suficiente, con ellos, va también la dignidad de todo el pueblo.

Y su esperanza.

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Inocencia perdida

No quisiera ser personal, pero es imposible. Vivo en Nicaragua. Como casi todos aquí, tengo en casa al menos a uno/a de 20 años y pico que ahora conoce lo que siempre le escondimos: la miseria de nuestra brutalidad, los huesos descarnados de guerras sucesivas, el círculo maldito de violencia que convencidos vinculamos solo a hogares rotos.
Ahora, nuestra vergüenza escrita a medias en los libros de historia está expuesta como una herida que nunca sanó.
Vi a mis hermanos callar la guerra y vi a sus hijos en su mundo, distantes, pero felices. Y nosotros con ellos, igual de satisfechos, precisamente por eso, porque no tenían nada que ver con lo que fuimos.
Aunque ahora nos sentimos culpables por dejarles esto, solo queríamos alejarlos de ese mundo siniestro, esa mancha ensangrentada que nos recuerdan los paisajes montañosos del norte. Porque sus sueños eran suficientes contra nuestras pesadillas.
Y soportamos todo, callamos más, vivimos la resignación de una paz que parecía inquebrantable, sobreviviendo, luchando en nuestra trinchera cotidiana, soportando la humillación, el silencio hasta cierto punto cómplice, los chayopalos como una excentricidad.
Ellos, los niños, nuestros muchachos, estaban con sus cosas, sus redes, sus enojos naturales, sus metas precisas, su autoestima monumental que no la sacaron de nosotros.
Y en estos días, los he visto llorar, asustados, con miedo, indignados, inseguros, tristes, enojados, estupefactos, combativos, radicales; marcados para siempre con otro trauma, uno que conocemos los más viejos. Quizá vivirán su duelo, distinto a nosotros cuando todo esto pase y espero, ojalá lo hagan, no se sirvan del silencio.
Sin embargo, es un duelo innecesario, una cicatriz invisible que nada ni nadie quitará ni con mil terapias.
Despertaron, es cierto, pero con lágrimas.

Las manos de mi madre

Mi madre no tiene huellas dactilares. Una vez fue retenida media hora en un aeropuerto cuando la seguridad no logró captar ninguna imagen de sus pulgares.

Son manos de trabajo doméstico.

Ahora esas extremidades venosas, arrugadas y grises, muestran mucho su decrepitud.

Hace mucho tiempo dejaron de hacer obras finísimas de artesana, meses completos dedicados con paciencia a tejidos que nunca vendió. Ahora todo vibra y la aguja no encaja más en el punto, el cruce, la trama.

Esas manos que han tenido tanto poder en mi vida se han vuelto frágiles e inofensivas, las recuerdo más violentas que tiernas. Las respeto, pero es extraño reconocer ahora que no les tengo más miedo.

Lo de ellas era más disciplina, mucho trabajo, todo era práctico. “Obras son amores y no buenas razones”, eso se viene cantando desde los tiempos de la abuela.

Ahora la tomo para que no tropiece y aún así ellas se sueltan indomables.

Y no reniego. Realmente se puede extrañar la fortaleza útil. Esa palmada que te empuja o te levanta, serena y firme que marca la dirección sin consentimientos vacíos. Y los nudillos filosos tocando la madera vieja de una mesa o puerta.

Sin embargo, todo eso se está apagando. Ahora soy, somos, como los padres y madres de nuestra propia madre. El tiempo nos revierte a todos. Siento junto a mis hermanos que cada día nos acercamos al momento de despedirnos, estamos en esa fase cuando secretamente los hijos se preguntan “¿cuánto tiempo falta para que se apague?” Porque eso siendo algo tan natural no nos conforma.

Solo así la eternidad tiene sentido, cuando la religión te inventa un deseo que al final no es propio, más bien lo contrario, esa añoranza de perpetuidad existe porque están los otros, esos que vamos sepultando año tras año, aún en nuestra memoria.

Toco sus manos ásperas y palmas resbalosas, esas que al marcarme con gravedad o dulzura me convierten a mí en una de sus huellas, una más que se borrará con el tiempo.

Jinotepe, 3 de diciembre de 2016.

La criminalización de la solidaridad

“La solidaridad es la ternura de los pueblos”
Ernesto Ché Guevara

Corrie ten Boom, nació en Amsterdam en 1892, de oficio relojera, daba la clase dominical en su parroquia reformista, quizá ese idealismo evangélico la llevó a arriesgar todo, ayudar era una cuestión de principios.
Como otros que se cuentan entre pocos en una época cruel y un mundo abominable, Corrie decidió ayudar a los perseguidos del régimen y colaboró con la disidencia. Cuando los nazis llegaron a Holanda, mejor dicho, cuando ocuparon su país, ella no estaba en peligro, la gente que se calla, que soporta, que no se mete, no necesita preocuparse de nada, aunque los nazis ronden tu patio, aunque te invadan, aunque vayan armados y estén matando a tus vecinos.
La familia ten Boom sacó a Corrie del dormitorio, construyeron ahí un refugio que dio de buena gana, hicieron una pared falsa para esconder a amigos judíos y miembros de la resistencia, hasta que en 1944, un soplón le siguió la pista y con toda su familia fue denunciada y deportada a un campo de concentración, una hermana de Corrie murió ahí, entre la gente que nadie pudo salvar.
Hoy que conocemos la historia, nos preguntamos cómo pudieron ocurrir estas tragedias. ¿Por qué tan poca gente ayudó a los judíos? ¿Por qué tan pocos se opusieron?
Según la organización holandesa Anne Frank (annefrank.org), aquellos que ayudaron tenían un vínculo familiar, amistoso o simplemente un fuerte espíritu de compasión u obligación moral, pero lo más cruel del asunto, era la prohibición de ejercer cualquier acto de solidaridad para los excluidos. Ayudarlos tenía graves consecuencias en la Holanda ocupada, en la Europa fascista, no solo era la cárcel, también, como en el caso de la familia ten Boom, la deportación.
Por otra parte, aunque muchos tenían referencia de la existencia de los campos de concentración, pocos podían imaginar la magnitud de los crímenes que ahí se cometían.
Recuerdo un documental alemán, donde los reporteros visitaron a una mujer, ya anciana que había denunciado a sus vecinos judíos que se escondían aún en el apartamento contiguo, en los archivos con su nombre, lograron entrevistarla y le contaron el fin de la familia que acusó, todos muertos en un campo de exterminio. Su respuesta fue una risita tonta, como de una niña atrapado en una mentira, como si se tratara de una travesura tonta a la que nadie debería dar importancia.
Sin embargo, el Museo Anne Frank en su página de internet sugiere que recuerden a los jóvenes y adolescentes por qué es importante ayudar a los demás, aunque sea peligroso.
Exacto, ¿por qué uno debe ponerse en peligro para ayuda? En lo personal, hay dos respuestas simples que podrían llevarme a tal locura, amor al prójimo, diría como creyente, o desde el plano secular, por simple “civil courage”. Es lo correcto, lo humano.

El migrante

Uno nunca sabe donde termina el mundo, sabemos donde empieza, en qué hospital nacimos, en qué casa nos criamos, dónde vivió la abuela, la madre, incluso sabemos del orfanato.

En Berlín, todo estaba en orden hasta que salí del apartamento, entonces uno que no ha cambiado, es sospechoso de un momento a otro, así un simple viaje a la universidad se puede convertir en una cita policial, o si faltó el ticket del bus, o si vas con tu raro bolso lleno de ropa sucia a la lavandería, u olvidaste marcar el boleto del metro, con los demás no sé qué pasaba, tal vez porque parezco turco, árabe, tengo el pelo negro, tal vez era mi ropa, algo. Como si fuera mi culpa, porque en estas desgracias siempre se impone una culpabilidad falsa, algo que justifique el “te vigilamos para que cumplas las normas”, ¿cuáles? La muchacha que aprieta su bolso y esconde sus pulseras frente a mí, en mi cara, los que se cambian de lugar cuando me siento cerca… ¿Cuál era delito, la sospecha, el miedo?

No importa que uno tenga visa, la verdad es otra. No son los papeles los que regulan el mundo, sino, las graves manchas de prejuicios en la conciencia de quienes creen controlarlo, tanto que pretenden ser los dueños de las vidas de otros, son ellos los que creen tener un poquito de control en esta cloaca moral.

Mi padre, fue migrante en Costa Rica, mi hermana mayor se fue a estudiar, la otra llegó mojada a Texas, el otro se fue becado, no hay en mi familia en todo caso, nada distinto a lo que pasa en la mayoría de casas de Nicaragua, o será Haití.

Todos tienen alguien fuera, casi todos se han querido ir, casi todos se fueron alguna vez.

Déjenlos pasar.

Papers de Nicaragua

Doce firmas offshore (“fuera de costa”), 15 personas o entidades, 10 intermediarios y 10 direcciones postales aparecen de Nicaragua en los Panama Papers.

El consorcio de investigación periodística ICIJ advirtió que no están implicando a nadie en ningún tipo de actividad ilegal, sin embargo, los documentos son revelados por tratarse de paraísos fiscales donde las firmas por lo general no pagan impuestos. Por otra parte, fundar una empresa en Nicaragua es extremadamente fácil, el proceso tarda entre 13 y 36 días.

El link con la lista es público, pero para ser específicos debe usarse el buscador.

https://offshoreleaks.icij.org/#_ga=1.125775754.1628099029.1462817432

 

 

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