Managua

Carretera a Masaya

Es cierto, soy perico, un principiante, es de noche y voy cansado por una jornada de casi doce horas en la redacción. Llegando a Ticuantepe, trato de pasar al carril derecho para girar en la rotonda.
También es verdad que voy rápido porque aventajo a un vehículo.
De pronto veo muy campante a un perro parado en medio del carril derecho. No sé si sortearlo o detenerme porque hay tráfico, pero bajo la velocidad antes de todo y con un poco de suerte pito y el perro sale de la pista.
Con esto me detiene la policía. ¿Será por la velocidad, las luces, una mala maniobra? La suerte está echada así que puedo esperar cualquier cosa y empiezo a sacar cuentas de mi presupuesto para pagar una posible multa.
Con mis documentos en manos del oficial, recuerdo la máxima legal: No discutir con el policía. Cualquier cosa que digas puede ser usada en tu contra. Mejor esperar, porque ni yo mismo sé el motivo de mi falta, ni cual será mi veredicto. O tal vez alguien se robó un carro como el mío o hay un parte de un vehículo parecido que transporta drogas o un asesino perseguido que anda por estos lados. Sólo es rutina, pienso y me calmo.
–Usted ha tomado, ¿verdad?– Pregunta el policía y yo trago gordo aunque la inocencia me acompaña. Eso lo aseguro por completo. En mi mente pasa la otra máxima de la justicia criolla: Este tipo quiere una mordida. Esa mañana leí un reportaje en Domingo sobre eso, cuatro páginas sobre corrupción en tránsito.
–He estado trabajando todo el día, sólo estoy cansado– Le digo.
–Miré que estaba zigzagueando–. Dice el tipo. Yo mientras tanto, ya me había olvidado del perro en medio del camino.
–La carretera tiene baches y como ve, el carro es muy chiquito. Sólo estoy cansado y lo único que me he tomado es una chocolita.
Creo que pensó que era la excusa más estúpida del mundo. Me hizo soplar dos veces en su cara y con una voz con un tono que no me gustó repitió “una chocolita”, con pocas ganas de creerme. A pesar de eso, tuve el alivio de la absolución. Se limitó a decir: “le voy a dar el beneficio de la duda” y me dejó con un mar de dudas en la cabeza. ¿Tan mal aliento tengo? En casa tuve que pedirle a mi hermana que me dijera si olía a licor y le sople dos veces. Un pequeño sacrificio, pero para eso está la familia.
He escrito un email a una amiga en Alemania con este relato. En mi mente no sale el episodio del perro, el policía y mis soplidos en su nariz. ¿No sería mejor andar un alcoholímetro para evitar la vergüenza?
Le cuento todo esto por email a mi amiga. Le digo que irónicamente a pesar del cansancio y el stress de todo una jornada, finalmente son estas pequeñas cosas las que nos quedan guardadas en la mente y las que se vuelven en todo caso una de nuestras graves amarguras para cerrar el día. Maldito policía, creyó que le estaba dando vuelta.
Una preocupación volátil y tonta en estas coordenadas del mundo hace que la vida se convierta en una serie de postales hecha de pasajes cotidianos como este, postales vivientes en estas coordenadas del mundo, como una película tragicómica de Woody Allen, pero en el trópico.
Mi amiga responde: “Ya me diste ganas de una chocolita”.

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