Facundo Cabral

Hay rumores que no matan. A mediados de los noventa comencé a colaborar en el diario La Prensa, tenía poco más de 20 años y llegué a la redacción cuando Pablo Antonio Cuadra, era el director, por eso, a la par de este gigante me pusieron los colegas “el puetita”, pues se rumoraba entonces que yo era un tipo de letras, fama que formulaban aficiones y desasosiegos postpubertarios de los que no me había podido deshacer.

La mala fama tuvo su ventaja.

No recuerdo quién me preguntó si conocía a Facundo Cabral. Un trovador, dije, eso era lo que conocía, escasamente. Esa mañana el artista estaba conversando con PAC en una de las oficinas que quedaban al fondo del plantel y después alguien lo entrevistaría para publicitar su concierto en el Teatro Ruben Darío. Tanta ignorancia para tanto hombre, lo de puetita encajaba muy bien conmigo en aquel momento.

Sé muy bien como se miraba aquel hombre de fachas, con una camisa azul y jeans, su barba canosa, pero con signos de vitalidad y madurez, pero no puedo describirlo, soy exageradamente malo para recordar y visualizar estas cosas. Era el primer argentino con el que me topaba en mi vida y pese a eso o mejor dicho, pese a todo lo que dicen y se dicen de los sureños… disculpe usted, me pareció un tipo sencillo, amable y sin complicaciones.

De aquella entrevista recuerdo dos cosas. Había mencionado que añoraba conocer a PAC y Ernesto Cardenal, finalmente lo había hecho. Le pregunté quién de ambos les había impresionado más, me respondió: Cardenal, pese a que Cuadra era el director del periódico que lo estaba entrevistando. El poeta-sacerdote le pareció un hombre de mundo, más lleno de esas realidades de las que tanto cantaba y recitaba.

Lo otro fue una historia. Cuando era adolescente había sido tan pobre que tuvo que vender globos en un parque de Buenos Aires, estaba entonces enamorado de una chica de clase alta que pasaba por ahí todos los días, un día decidió tomar todas sus fuerzas y sacar todo ese deseo de sus tormentos. Después de declararse, la chica le dijo sí, dulce sorpresa, el beso, el primero con sabor a imposible, soltó los globos y volaron felices. Maldita miseria, el amor.

Facundo Cabral, el trovador.

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