La noche en Oslo

Recuerdo que MC  llegó a recibirme a la estación de Galleriet con su esposa. Yo llegaba con el trasero plano después de 17 horas en bus, pero igual era una de esas visitas necesarias, como todas los que he hecho a Noruega, aunque ya no recuerdo los dolores del alma que me llevaron a visitarlo en aquella ocasión.

Había estado un par de veces en el sur del país, donde vivía en una ciudad-pueblo de 80 mil habitantes, tan pintoresca que aburría, con dos o tres lugares para bailar, pero ni los perros ladraban y entre la neblina de la madrugada, parecía un lugar fantasma y nosotros sus espantos vagabundos.

Oslo que está tan poblada como Managua, la única comparación que se me ocurre y creo será posible, viviendo yo en Berlín desde hace años me pareció que la ciudad aún en su otoño frío y húmedo estaba más llena de vida, era un sábado de madrugada y en la comodidad de los interiores y calefacciones, me parecía un lugar de privilegiados, gente alejada de las miserias reales del mundo.

Cómo un zopilote con un filete en el plato, la vida en aquel lugar me parecía una burbuja impagable, los negocios tienen ya de entrada un estándar demasiado alto para una clientela educada en el consumo y que vive para gastar, trabaja para gastar, va de vacaciones para gastar y cuando sale de compras, compra.

Pese a toda la opulencia escandinava, cuando me toca conocer a alguno de ellos siempre he recibido una sonrisa, sobre todo de las más hermosas mujeres, que si te dicen no, jamás será con la soberbia de una vikinga, sino, con la cortesía de una princesa.

Noruega siempre estaba al márgen de las paranoias del norte rico, a pesar que en aquel viaje el control en la frontera fue inusual, especialmente para unas mujeres musulmanas que viajaban en el mismo bus.

Por eso, la última vez que estuve en Oslo, en octubre del año pasado, antes de tomar mi vuelo de regreso en Moss-Rygge me sorprendió un control desagradable que ni siquiera había tenido en Estados Unidos.

Nunca imaginé después de cinco visitas al país que pudiera ser un extranjero inusual, para plantearlo de algún modo. Vivir una experiencia así no la esperaba jamás en Noruega, pero todo paraíso tiene sus miedos, como también sus demonios.

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