Corrupción privatizada

La semana pasada en la ferretería compré un galón de pintura y un litro de diluyente. El litro por si algunos no saben, no es una unidad de masa, sino, de volumen, igual agua, petroleo o refresco, siempre será la misma cantidad, pero no en esta ferretería donde el envase de dos litros me daba cuatro dedos por debajo de la mitad.

Le reclamé al empleado por la medida y muy amable me cambió el diluyente en otra botella de plástico de dos litros, pero igual cuatro dedos menos de la mitad. Me reí un poco de la tenacidad de esta venta y me fui sin discutir más.

Mi madre en cambio, se topa a cada rato con cuentas parecidas que me parecían extrañas al principio y ahora la entiendo porque es una mujer anciana a la que fácilmente le pueden “dar vuelta”, su disciplina matemática nunca  había sido para mí tan necesaria como la sorprendente compra de un paquete de papel higiénico hace dos semanas, resulta que comprar dos paquetes de seis, es ocho córdobas más barato que comprar un paquete de doce rollos en “oferta”. Y es extraño que la publicidad que tanto nos aturde y por lo general nos engaña sea al fin de cuentas un delito que a pocos nos importa.

Así también por ejemplo, la casa de mi abuela desocupada por mucho tiempo, recibía puntualmente las facturas con consumos de un medidor que extrañamente seguía marcando, el mes que decidimos dejar que “cortaran” la luz porque al fin de cuenta nadie estaba viviendo ahí, no imaginamos que seguirían enviando facturas en base al “consumo histórico”.

Para terminar, la semana pasada mi hermana fue con sus hijos al cine y casi no escucharon la película, le pregunté por qué no había exigido que le devolvieran la entrada o reembolzaran el dinero, me dijo que nadie más se hubiera quejado y de todos modos no le hubieran hecho caso. Igual, todos parecen cansados de protestar, la razón y el derecho no son más que inútiles espectativas en un país que moralmente está en la ruina, así dejamos de ser nación, porque no existen ciudadanos, sino, víctimas silenciosas de atropellos constantes y rutinarios.

Y así sucesivamente, nada impide que te estafen. Tu salario indefenso está en manos de buitres. Por qué sorprende que la empresa privada se limite a observar pasivamente como se va derrumbando la institucionalidad, no puede tirar la primera piedra quien va cargando una culpa. La honestidad es una práctica olvidada en un país que en grandes y pequeñas cosas está en deuda con la moral.

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