Toda belleza es pasajera

"El espectáculo de la publicidad crea imágenes de falsa belleza, tan suaves e imposibles de obtener que podrán lastimarte por dentro y nunca podrás saber de donde viene ese dolor y ahora en cada foto los famosos ya han comenzado ha verse perdidos y solos". Foto de B. Jordan.
“El espectáculo de la publicidad crea imágenes de falsa belleza, tan suaves e imposibles de obtener que podrán lastimarte por dentro y nunca podrás saber de donde viene ese dolor y ahora en cada foto los famosos ya han comenzado ha verse perdidos y solos”.                                      Foto de B. Jordan (creative commons with attribution)

Sí, también he volteado al ver pasar a una muchacha. Instintivo, bajo, morboso, peculiarmente vulgar. No es que sea motivo de orgullo generar una mirada animal, pero es un acto simple, básico y elemental, solo se trata de un cuerpo humano, un aparato limitado como todos, una masa de músculos y estructura osea, un lugar para existir que no puede volar o vivir en el agua, es apenas el vehículo que respira el mismo aire que todo mamífero o planta, con genes compartidos y hormonas.

¡Ah, pero ahí está la conciencia! Trato que ese intento de bestialidad se apague para darle lugar a las normas éticas impuestas por la pequeña burguesía, dicen por ahí que el humanismo es un acto de racionalidad, la misma en todo caso que crea construcciones subjetivas por quienes controlan y tienen el poder o la fuerza bruta de imponerse.

Con todo defecto de esta búsqueda de masculinidad he optado por no ser un objeto incoloro, inodoro e insípido, tratar de negociar no solo lo que pienso, también lo que siento y percibo.

Desde luego, la sexualidad es solo un parte, ni siquiera una fundamental del ser humano, pero ninguna persona está amputada, nadie a menos que se desgarre la piel puede dejar de ser lo que solo a fuerza de represión se puede lograr o a través de la castración, en este caso la mental, emocional y expresiva. Dar la vuelta para ver pasar un cuerpo es al fin de cuenta la evidencia más liviana que tenemos para reconocer que es posible comunicarnos de forma no verbal por medio de esa energía que nos somete a las emociones, sin facebook, ni e-mails o twitters.

Todo podría quedar ahí, sin embargo, el límite entre el deseo, cometer un acto meramente vulgar, pasar a convertir al otro, en este caso, a “la otra” en la degradación de nuestra propia conciencia o cometer un delito, es una cadena. ¿Quién es ella? ¿Qué autoridad tengo sobre sus entornos? ¿Hasta qué punto el deseo es una actitud natural o un daño moral?

Contemplar o ignorar. Sexualizar, neutralizar o generar una burka simbólica, un manto sacrosanto de supremacía ética que  invisibilice toda presencia carnal. Ellas como fantasmas invisibles merodeando un mundo de fantasía asexual. ¿Esa es la alternativa?

Al otro lado de la acera está la pornografía, la publicidad, las películas y los concursos de belleza, eventos masivos que seducen a hombres y mujeres con similar efervescencia porque si contemplar un cuerpo con deseo  es ahora un acto censurable en público, en los espacios virtuales está ampliamente difundido, los medios son el lugar donde el vouyerismo es posible sin ser criticado, es un refugio de anonimidad para ser explicitamente perversos.

En este instante me detengo a observar la versión opuesta de estas expresiones, me refiero al exhibicionismo y la creciente necesidad de ponerse en escena bajo la medida de belleza femenina o masculina que tenemos de toda esta avalancha mediática actual. En primer lugar, la belleza es un definición tan subjetiva que jamás he intentado ver completo uno de esos certámenes de misses, la verdad, nada me provoca más tristeza que la exposición casi ridícula de muchachitas en trajes de baño, vestidas como espantapájaros o sometidas al escarnio público con preguntas que revelan una penosa ignorancia.

Aún así se discute ampliamente estos eventos, las masas se emocionan y convierten incluso en deporte colectivo la exhibición pública de niñas y adolescentes en la disputa de una corona inexistente, efímera e innecesaria. ¿A quién le interesa la belleza interior, si se puede ser feliz con la cara y la silueta? Eso de “interior” está devaluado. La masa está dispuesta a vivir con lo básico, al trasero pasando por la calle o en la pasarela, si no es lo mismo.

El modelo de belleza que tenemos en tanto responde a un ideal pornográfico y a otro de anorexia nerviosa, los hombres optan por la voluptiocidad, tetas ampliadas aunque sea con silicona o traseros a reventar, las mujeres tienden a pintarse, comprar accesorios y obsesionarse con las dietas, pero no con el deporte. En todo caso, las imágenes mentales son las mismas de cuerpos degradados en computadoras, simetrías inhumanas que nos desenfocan de los verdaderos rostros, aquellos que si podemos ver en los mercados, centros de estudio o trabajo.

En cierto sentido, el mercado predispuestos para la sexualidad masculina provoca estas relaciones desproporcionadas, el deseo de un tipo de mujer que llene las ligeras fantasías sexuales masculinas, pero también existe un deseo de alcanzar una feminidad que asegure estatus en una sociedad de compra y venta. Todos y todas buscan al final lo inalcanzable, disfrazados de esa belleza artificial impuesta por la publicidad, los medios, la moda y los concursos de belleza.

Melissa Murphy, estilista de actrices de la industria pornográfica, revela con irreverencia estas distorsiones al fotografiar a algunas actrices en su terrenal presencia y compararlas con el resultado del maquillaje antes de las filmaciones, la campaña de Global Democracy grabó diferentes videos donde revelan la manipulación de la corporalidad femenina en la publicidad, mientras las operaciones de la ucraniana Valeria Lukyanova para convertirse en el ideal Barbie demuestran el ridículo legado de la industria Mattel.

Tampoco se trata de determinar lo feo o hermoso en alguien, el asunto central aquí es discutir para conseguir un cable a tierra a esta sociedad perdida en sus búsquedas, a este mundo de deprimidos por no alcanzar ficciones de cine y televisión, tal vez necesitan darle un vistazo al rostro cotidiano de las multimillonarias de las películas estadounidenses para ver que todo el glamour desaparece haciendo compras en un supermercado.

La tendencia actual de la redes de internet incluye los tediosos selfies, el uso de imagenes de modelos como perfiles y manipulación de tus propias fotos. Cambiar tu imagen ante todos es un acto de autonegación, la insatisfacción por la realidad frente al espejo, la magia de pixel como espacio moderno para desentrabar nuestra baja autoestima.

Luego está el rostro de la gente que conocemos, la hermosura pasajera de aquellos que están a nuestro lado, nadie puede elegir en base a gustos sin estafarse, porque todos envejecemos, nuestra piel se seca, nuestro cabello se pone canoso y cae, los vientres se ensanchan y aquello que fuimos en la juventud se pierde. Solo nos quedan la experiencia, el conocimiento, los recuerdos de aquellos que admiramos o amamos, los pactos personales donde negamos nuestra libertad para compartir una parte de la vida con otros.

Es simple, nadie se enamora de un cuerpo bello, cuando el deseo desaparece, quedan descubiertos tanto uno como el otro y el alma desnuda es realmente fea porque el ser humano es limitado y pasajero, tan imperfecto que debemos perdonarlo constantemente por sus errores y defectos.

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