Piscina llena, playa vacía

El mar solía ser una buena costumbre. Puestas de sol, el rumor, la brisa salada, los amaneceres, el agua fresca mientras saltás sobre las olas. Eso era lo común y proporcionaba una felicidad sencilla, pero completa.

Una última vez en un hotel donde la piscina está llena y uno después de varias horas se da cuenta que no ha estado en la playa. Así mirás el agua turbia, la arena con algunos recuerdos desagradables de turistas mucho más desagradables que dejan un par de latas de cerveza o gaseosas e incluso papel higiénico. Dos largas hileras de sillas vacías sobre todo el litoral que apenas una o dos personas usan en un centro turístico repleto de hombres, mujeres, adolescentes y niños que prefieren quedarse cerca del bar o el restaurante, también la natación es exclusiva del agua transparente, dulce y clorada de las piscinas, donde yo mismo incluso he estado todo el tiempo.

Este lugar fue en algún tiempo un enclave familiar, de hecho solo puede conocerse pagando un alto costo para la mayoría de nacionales, pero eso no importa. La playa es un adorno innecesario en un lugar donde el paisaje sintético ha ganado el gusto mayoritario. El azulejo es preferible a la arena oscura y natural de esta playa, la transparencia al color opaco de las olas, el cloro a la sal.

playa 2

Y aquí lo perverso de esta revelación de ocios, le dimos la espalda a la naturaleza, todo síndrome evolutivo se basa en la doctrina del plástico´y concreto, las construcciones metálicas y los elaborados planos urbanizados nos parecen cómodos y confortables, mucho mejores que el paisaje. Le damos la espalda a los lagos, los ríos, los bosques e incluso somos tan ilimitados en la estupidez que hemos podido negarle la vista al majestuoso mar.

No es que no existan playas desiertas y por eso mismo hermosas, lo llamativo aquí son las decenas de veraneantes que recorren un complejo de concreto porque han perdido el gusto por el paisaje natural a pocos metros de distancia.

Las prioridades de la oferta turística impulsan estos cambios de gusto, a las seis de la mañana los empleados del hotel limpian la piscina y los alrededores hasta dejar todo impecable e inmunisado. En la tarde, la playa sigue con sus latas.

El (sub)desarrollo del turismo de playa que prometía ser una promesa económica nos ha quitado el placer de contemplar el mundo evidente, nuestra geografía básica, la playa no es más importante que los eventos, el consumo y la oferta de “paquetes” de verano que convirtieron al mar en un valor agregado. Por ejemplo, recuerdo aún hace pocos años, entrar a San Juan del Sur y contemplar desde la carretera la bahía con sus barcos de colores como una pintura fresca y viva del pueblo, ahora la vista está obstruida por edificios horribles y letreros donde sobresale un supermercado en forma de caja de cartón. Para ver el mar hay que pasar por algunos galillos de una serie de bares y negocios alrededor de la playa que esconden lo verdaderamente valioso de ese lugar otrora idílico y ahora vendido a la suerte del mejor postor, también la carretera a Casares y La Boquita tiene una enorme valla en el cruce de carretera que impide ver la costa y por si no fuera suficiente, ahora hay un edificio de dos pisos que sirve de tapón a la pintura que desde niño había convertido esa visión del Pacífico sobre el acantilado en el momento culminante del viaje de la ciudad a la playa.

No sé si me entienden, pero es muy triste que te quiten los espacios, que te impidan el paso a las playas, que te privaticen tu arena, tu agua, tu mar, tu lago, tu río, pero es miserable que además de eso te impidan contemplar el país que te tocó por azar o suerte, y al que le ponen tapias altas para ni siquiera darte permiso de gozar de gratis lo único que no te pueden vender.

Es el diseño de un mundo de prioridades absurdas, gente que llega a un lugar para no estar, un lugar donde se pierde incluso el derecho a contemplar el horizonte o nos inhibimos del mundo para quedarnos sentados en un bar a orillas de los azulejos y el concreto.

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