Desenterrando cadáveres

“Dejen que los muertos entierren a sus muertos”

Jesucristo

Hay más de una razón para sepultar un cadáver, el ser más querido o la más sutil de las criaturas se pudre. Nadie debería enfrentarse a la imagen de una persona en estado de descomposición, la idea de la degradación final es asquerosa, la muerte hiede y no tiene esa apariencia pulcra y blanca de los esqueletos plásticos de las clínicas privadas.

Separamos la vida de lo que no existe con el peso del mármol o el cemento. Sin embargo, muchas veces caemos en el engaño o nos autoinfringimos una condena innecesaria, levantamos la lápida y nos llenamos en el mejor de los casos de fantasmas o en el peor escenario, nos rodeamos de zombis con entrañas colgando, ensangrentados, persiguiéndonos como en las series o las películas de horror.

A veces basta una relación fallecida, ataques prematuros del miocardio, viejas historias llenas de emoción pasajera y promesas sin cumplir. De pronto nos reencontramos, queremos seguir padeciendo, sufrimos por la esperanza de algo que está condenado a desaparecer con el tiempo y extermina aquella sombra de alegría que finalmente pudimos recuperar.

Así también en un país sin memoria, recordamos eventos, historias, lugares, proyectos, buscamos cómo rescatarlos y los sacamos de la gaveta o de la manga como magos sin oficio. Las cicatrices se abren, las heridas se llenan de sangre, el dolor se recupera, el tiempo se desperdicia. Nos volvemos zombies entre nosotros mismos, mordiéndonos sin lástima, sin cerebro.

Quizá no sea malo olvidar, después de todo. Hay mucha redención en el perdón. Sin embargo, esto no es la historia nacional, sino, nuestro mundo personal, estas cosas transitan las avenidas de nuestra alma, entran por las ventanas del corazón, cerradas al presente y en pampa frente al pasado. Nuestra memoria selectiva funciona hacia afuera, pero no para adentro.

Fingir que olvidamos es inútil, si todo está ahí, ¿a quién engañamos? No hablar del pasado es mentir, sobre todo, cuando nos ata, cuando nos detiene mientras el ahora sigue al otro lado de la acera llamándonos como una hija abandonada.

No se trata de matar el tiempo, al fin de cuentas, está muerto, eso dejó de existir muy a nuestro pesar, el problema es que desenterramos una y otra vez los cuerpos putrefactos. Eso que está ahí son desechos, nada más, tiene la forma, pero no es el cuerpo, es la silueta de algo que imaginamos podía ser nuestra felicidad, pero es solo nuestra mente que juega su pérdida. Hay que resignarse, es imposible cambiar eso, no tiene futuro.

En todo caso, no se puede buscar la felicidad en el pasado, aunque hipotéticamente ahí hubiera estado, eso además es indefinible, la felicidad es un concepto tan variable. No es simple placer, no es un estado de ánimo, no es tangible, ni visible, no es medible, ni nada. Es solo un concepto, pero nosotros, somos más que una idea temporal, más que la suma de años, meses, días y horas, más que un salario, un día de fiesta, una noche de sexo, pero sobre todo más que un puñado de sombras persiguiéndonos, más que el rencor por el daño sufrido o la culpa por el cometido, más que una infancia perdida o una juventud malgastada, la vida es más que uno mismo y el resultado de sus fragmentadas partes.

Por eso, solo nos resta seguir. Podemos entregarnos a la tumba, no antes, no ahora, no en este instante, a pesar de toda la carga, no es mármol ni cemento lo que cargamos en vida.

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