La criminalización de la solidaridad

“La solidaridad es la ternura de los pueblos”
Ernesto Ché Guevara

Corrie ten Boom, nació en Amsterdam en 1892, de oficio relojera, daba la clase dominical en su parroquia reformista, quizá ese idealismo evangélico la llevó a arriesgar todo, ayudar era una cuestión de principios.
Como otros que se cuentan entre pocos en una época cruel y un mundo abominable, Corrie decidió ayudar a los perseguidos del régimen y colaboró con la disidencia. Cuando los nazis llegaron a Holanda, mejor dicho, cuando ocuparon su país, ella no estaba en peligro, la gente que se calla, que soporta, que no se mete, no necesita preocuparse de nada, aunque los nazis ronden tu patio, aunque te invadan, aunque vayan armados y estén matando a tus vecinos.
La familia ten Boom sacó a Corrie del dormitorio, construyeron ahí un refugio que dio de buena gana, hicieron una pared falsa para esconder a amigos judíos y miembros de la resistencia, hasta que en 1944, un soplón le siguió la pista y con toda su familia fue denunciada y deportada a un campo de concentración, una hermana de Corrie murió ahí, entre la gente que nadie pudo salvar.
Hoy que conocemos la historia, nos preguntamos cómo pudieron ocurrir estas tragedias. ¿Por qué tan poca gente ayudó a los judíos? ¿Por qué tan pocos se opusieron?
Según la organización holandesa Anne Frank (annefrank.org), aquellos que ayudaron tenían un vínculo familiar, amistoso o simplemente un fuerte espíritu de compasión u obligación moral, pero lo más cruel del asunto, era la prohibición de ejercer cualquier acto de solidaridad para los excluidos. Ayudarlos tenía graves consecuencias en la Holanda ocupada, en la Europa fascista, no solo era la cárcel, también, como en el caso de la familia ten Boom, la deportación.
Por otra parte, aunque muchos tenían referencia de la existencia de los campos de concentración, pocos podían imaginar la magnitud de los crímenes que ahí se cometían.
Recuerdo un documental alemán, donde los reporteros visitaron a una mujer, ya anciana que había denunciado a sus vecinos judíos que se escondían aún en el apartamento contiguo, en los archivos con su nombre, lograron entrevistarla y le contaron el fin de la familia que acusó, todos muertos en un campo de exterminio. Su respuesta fue una risita tonta, como de una niña atrapado en una mentira, como si se tratara de una travesura tonta a la que nadie debería dar importancia.
Sin embargo, el Museo Anne Frank en su página de internet sugiere que recuerden a los jóvenes y adolescentes por qué es importante ayudar a los demás, aunque sea peligroso.
Exacto, ¿por qué uno debe ponerse en peligro para ayuda? En lo personal, hay dos respuestas simples que podrían llevarme a tal locura, amor al prójimo, diría como creyente, o desde el plano secular, por simple “civil courage”. Es lo correcto, lo humano.

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