La agenda de Sobalvarro

Luis E. Duarte

Breve ensayo con correcciones para la presentación del libro Agenda del desempleado de Juan Sobalvarro, leído  el siete de septiembre en la Galería Epikentro de Managua.

Después de un poemario, un libro cuentos y una novela testimonial, Juan Sobalvarro publica Agenda del Desempleado (Ediciones 400 Elefantes, 2007), una propuesta literaria arriesgada sobre el individuo, la urbe y el desencanto postmoderno.

Un hombre y una ciudad son protagonistas y escenario de un fin y comienzo de siglo. Esta es la lectura primigenia de Agenda del Desempleado, una colección de textos literarios difíciles de encadenar en cánones literarios tradicionales porque es a la vez poema, prosema, relato, crítica, comentario, cuento y leyenda urbana.

El libro presentado en fragmentos, tiene síntomas de enfado y desencanto en un escenario común como es la caótica Managua, urbe de un país en vías de desarrollo, palabra que parece eufemismo en un texto desprendido de contemplaciones localistas y que se expresa con latente pesimismo, propio de una generación renuente a mitos y metarrelatos. Así describe este autor su visión más cotidiana:

“Estas tierras no son de nadie, la gente aparejó sus tablas y se dispuso a vivir. A ver qué pasa. Porque no es en ellos natural abandonarse. Algo se hace o como sentenció el poeta: uno hace lo que puede (…)”

El libro, cargado de simbolismos como de expresiones laicas, habla en este pasaje no de una “tierra” porque no hay pretensiones nacionales como ocurre muchas veces con esta sinécdoque localidad-país. Tampoco representa un localismo cualquiera, de esos heredados del imaginario rural, muy arraigado en la identidad literaria nicaragüense (p. ej. Por los Caminos Van los Campesinos, De Tierra y Agua, etc).

El lugar aquí descrito es un espacio caótico, polivalente y confuso, puede ser la ciudad como el barrio. Es un espacio sin identidad definida que se transforma según los sujetos, porque en realidad, la ciudad es un sitio de identidades dispersas.

Por eso, en la Agenda del Desempleado no hay mediación entre el sujeto y su contexto urbano, está lejos de ser un relato de personas específicas, es más una serie de relatos sobre los sujetos que se fragmentan según su relación con los espacios que encuentran en una misma ciudad, el libro es una descripción  del fenómeno urbano abordado desde lo literario.

No hay un hilo conductor entre todos los textos, pero la evidente sumisión al paisaje urbano, sólo da lugar a reflexiones existenciales de  individuos anónimos y complejos que son a fin de cuentas partes de un todo. Managua es la unidad que organiza lo disperso.

Todo inicia con un fin puro: el del relato individual, el más transparente por ser el más egoísta:

“Estoy acostado, pensando en lo fatal que es la vida. El tema es decepcionante y aburrido y me satura con una paz desquiciante”.

Pero el individuo que inicia a caminar por las páginas del libro desaparece en su contexto. Tanto que otros individuos toman su lugar y protagonizan las historias anónimas —los desempleados siempre son nombrados con un número que los identifica o como un grupo sin rostros específicos,  por ejemplo, las trabajadoras de una fábrica en la Zona Franca:

“Son mujeres hechas, entrenadas de vida, comedidas de placeres, conocen todos los envases, todas las etiquetas. Y saben que la esclavitud no es un drama”.

Esta frase trae consigo la provocación, igual llena de certezas o desaciertos pero con la función de polemizar no sobre los estereotipos cotidianos sino sobre los modelos urbanos a la disposición.

Igual se habla de los rótulos capitalinos, esas “luces que la maqueta urbana inventa”, como artefactos inútiles para un sujeto sin la esperanza del consumo.

La Agenda del Desempleado es sobre todo un texto de paisajes urbanos representados como escenarios fragmentados. Se trata de una recontextualización de los espacios comunes pero llenos de anonimato como mercados y fábricas, o convertidos también en lugares de distanciamiento entre el individuo y su mundo inmediato.

El libro pone en la lupa una ciudad reconstruida por sus protagonistas: el desempleado, la trabajadora, el político, el ladrón, el hombre borracho que va en una calle y reta a un ladrón a que lo mate:

“Así el barrio es costra encarnada al corazón tieso de Managua. Como asilo de pretéritos. Sumidero de especies humanas mal facturadas. Mientras la Managua se tornasola entre acrílicos and smoking y el nylon embute vítreos muslos de reciente promoción”.

Por tanto no es casual que la Agenda comience desde el individuo empequeñecido por el mundo que lo rodea, una ciudad en caos permanente, para pasar a su paráfrasis en la experiencia ajena y terminar en el punto de encuentro: la ciudad misma.

Aunque la Agenda del Desempleado no abre un capítulo en la literatura de postguerra o postmoderna —apellidos sobran para mencionar a la nueva generación de autores— y es continuidad de las experimentaciones vanguardistas de hace medio siglo, presenta un síntoma común en la novísima literatura nicaragüense –pero no me arriesgo a decir que es una tendencia–: Expresa un deseo de recontextualizar los escenarios nacionales, la búsqueda de nuevos arquetipos y una necesidad de reconstruir identidades modernas más allá de los relatos tradicionales.

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