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Vivir con el monstruo

Lo primero que mira es la imagen del Increíble Hulk en la cubierta de mi libreta, “está salvaje tu cuaderno”. La verdad solo lo compré porque las otras opciones eran mariposas o unicornios rosados. Hasta el final de la entrevista comprendo su alegría frente al monstruo verde de los cómics, la sonrisa casi infantil y los ojos brillantes por el personaje de Marvel.

Alejandro Mejía Lara es hijo de Luis Enrique Mejía Godoy, esa etiqueta la lleva toda la vida, pero dice que no es una carga, ni alternativa, es simplemente algo que no puede cambiar. Nació en Managua, el 6 de noviembre de 1970, uno de cinco hermanos.

Lo llevaron a Costa Rica en 1971 porque su padre había abandonado sus estudios de medicina para dedicarse a la música, desde pequeño está involucrado en las actividades artísticas de la familia, en 1979 hace parte del coro del disco Amar en Tiempos de Guerra y en la presentación en el Teatro Nacional de San José.

Sus primeros recuersos son los conciertos donde se quedaba dormido después de horas interminables de prácticas, en un paraíso de sonidos y ritmos de todo tipo de su padre y colegas. Y sí, el rock también se lo debe a LEMG y su equipo de sonido: Led Zepellin, Pink Floyd, The Doors, Janis Joplin…

Pocos jóvenes saben ahora que en la década de los ochenta el rock era un género marginal, prácticamente muerto tanto por la política cultural del gobierno, como por el bloqueo comercial de Estados Unidos. A pesar de la evolución de los sesenta y setenta con bandas como Los Rockets, en la Managua revolucionaria apenas una radio de cinco watts tenía el perfil juvenil particularmente influenciado por el Break Dance, algunas canciones gringas estaban en la radio: Michael Jackson, Cindy Lauper o Madonna. O sacaban un video pirateado en el programa dominical Jóvenes en Acción del canal de televisión sandinista, el único que existía. A las emisoras cargadas de música mexicana, beisbol o encadenadas a los actos públicos del gobierno sandinista, solo quedaba el tráfico por medio de casettes.

Alejandro Mejía llegaba como Santa Claus a mostrar sus descubrimientos cuando pasaba vacaciones en Nicaragua, regalo que traía su padre de las giras internacionales, tenía música satánica y heavy metal para alimentar los oídos de una pandilla especial que se confabulaba alrededor suyo, un grupo interconectado de aprendices de guitarra como su primo Perrozompopo, adolescentes que renovarían en la década siguiente el escenario musical capitalino que había perdido el subsidio estatal y se encontraba en la incertidumbre. Así por ejemplo, como no habían espacios para ellos, nació el Amatl, un café concert donde hoy es El Caramanchel, una época de cultura con las uñas en plena transición política, en la turbulencia social y económica de un país arruinado por la guerra, donde había que fotocopiar la propaganda y pegarla en los postes de tendido eléctrico y murales de universidades y colegios.

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En archivos y entrevistas sobre Alejandro Mejía es frecuentemente mencionado su padecimiento, aún en la página oficial de la Casa de los Mejía Godoy se escribe sobre él: “En Cuba también descubren [en 1986] que padece del síndrome de la Tourette (Trastorno caracterizado por múltiples tics vocales y motores, movimientos corporales involuntarios y repetitivos. En algunos casos tales tics incluyen palabras y frases inapropiadas)”. Más que una advertencia, parece disculpa, según lo que he leído en Wikipedia esta condición neurosíquica no altera la esperanza de vida o inteligencia de las personas.

A pesar de estar preparado para la Tourette, la primera voz “inapropiada” me provoca una sonrisa y las siguientes interrupciones me desconcentran un poco. En una entrevista a Néstor Arce para Confidencial, Alejandro Mejía decía: “Musicalmente la Tourette no me ha bloqueado, porque yo siempre he tocado. Lo más deacachimba es que con los músicos que he compartido me han comprendido y me han aceptado, todos los músicos han aceptado que hago tal cosa y no tengo ningún problema, tocar rock es más difícil que la Tourette, porque no tengo patrocinio, eso me jode, la Tourette no me jode, yo acepté mi enfermedad y al que no le gusta va a la verga pues, yo sigo mi camino”.

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“Yo soy el nica que vino a Costa Rica, y vine desde allá a cogerme a las ticas”. Sonaba en 1999 y fue el primer tema de heavy metal con éxito radial en Nicaragua. Alejandro que vivió hasta 1986 en el sur hasta hoy repite que no está ofendiendo a nadie, sin embargo, después de cinco años en Nicaragua, volvió en 1991 al país adoptivo y sintió que las cosas habían cambiado y el trato era distinto.

Alejandro revela que su adolescencia en Costa Rica es determinante en la formación musical, en los ochenta se familiarizó con el Glam Rock y el Heavy Metal, cuando vuelve a Nicaragua tiene 15 años de edad estudiaba en el Instituto Rigoberto López Pérez, donde forma su primera banda que se llamaba Simetra, era el vocalista, y cantaba canciones satánistas de Ángeles del Infierno, Barón Rojo o Luzbel.

En el 87 crea el grupo Raza Oculta que también toca covers, pero en el 91 empieza a tocar música percusión en Necrosis. Después de la guerra, la migración a las ciudadades desde el campo rápidamente se convirtió en emigración, particularmente a Costa Rica, la oleada de campesinos provocó un sentimiento de xenofobia en los vecinos que aquí caló en la conciencia colectiva educada con un nacionalismo bastante elemental. Sin ser un son nica la canción “Nica en Costa Rica” lleva elementos típicos de la música nicaragüense: la burla, la picardía sexual, el nacionalismo y la pizca de drama colectivo, particularmente en este caso con la elaboración de la migración como crisis y ruptura de los lazos sociales y culturales. Podía ser muy “pesado”, pero había algo con lo cual identificarse.

“Obras y no palabras” tomó el lema del presidente Arnoldo Alemán, una crítica política, dura y directa que también repitió el éxito, poco común para un artista nacional desde su tío Carlos Mejía Godoy en los setenta. Alejandro califica su música como “metal protesta”.

Su primera banda fue Simetra en el colegio, así reintroducen el rock en una época de trova, se junta con otros músicos como Richard Loza, Mario Montenegro, Moisés Gadea y sus primos Carlos Luis y Ramón, después de probar un poco con son nica con otros ritmos se dedica a la percusión y toca incluso temas tradicionales con Guardabarranco, con su padre y tío. CPU (Contra Políticos Ultrajantes) nace a finales de los noventa, otros grupos como Necrosis, División Urbana, Cripta y Osiris, ya tenían un público. En este momento despunta la carrera de Alejandro Mejía, aunque irónicamente nunca grabó un disco con esta banda, ese CD en vivo que circula es una grabación pirata que está en el mercado desde hace más una década. Hoy es también uno de los artistas más influyentes del subgénero a tal punto que sus 25 años de carrera artística fueron celebrados en el Teatro Nacional Rubén Darío, en mayo del 2012.

Sus canciones son por lo general políticas, enfocadas en el paisaje ubano de Managua toca la mendicidad callejera en “Semaforientos niños” (Ecosistema del sistema 2005), habla contra los diputados, restaurantes McDonalds, los casinos y expendios de droga en “Gárgolas”, “El niño de El Churrasco” se enfoca en un restaurante de clase media alta y un indigente, “Cristo viene” menciona el Estadio Nacional Denis Martínez donde se realizan eventos de las iglesias evangélicas a quienes acusa de fraude económico a los fieles, “Toma conciencia” menciona las condiciones infrahumanas en el basurero municipal La Chureca (CPU en Vivo 2000). En el 2008 Alejandro realiza el concierto “Herencia” en homenaje a su padre y canta muchas de las canciones más exitosas de LEMG. Su relevancia en el contexto cultural juvenil sobrepasa la producción musical, es ante todo un gestor y organizador de proyectos artísticos distintos, su papel a finales de los 90 es buscar una fusión entre el pasado de la música popular y los sonidos del rock, eso incluso introduciendo la marimba a las bandas y buscando la experimentación instrumental, rítmica y estilística, como lo llegarían a hacer sus primos en La Cuneta y Carlos Alexis de Raza Oculta.

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Parece un hippie del siglo 21, pero ya con canas. Lo acompaña inevitablemente su esposa y gerente, Elba Cecilia Castillo. La familia es así central en su carrera, como ellos mismos se proclaman, un clan de artistas. Al principio no fue tan celebrada la idea de tener un nuevo miembro en los escenarios, a los mayores no les gustaba la idea porque vivir de la música no es simple y recordaban la precariedad de sus inicios.

— Sin embargo, Perrozompopo y vos han tenido público a pesar de los contenidos polémicos, me sorprende que aunque sea una buena fórmula, no lo repiten otras bandas.

— No sé si es miedo, si les vale verga, si solo se trata de tocar temas comerciales. No hay muchos grupos que escriban estas letras, aparte de mis huesos tal vez Primate y Necrosis, los otros solo hablan de bacanal, no escriben nada interesante cuando hay un montón de temas qué tocar. La fórmula es escribir cosas que pasan en tu país, sin palabras peludas, sencillo y al punto.

— Es muy diferente la escena metalera que tenías en Costa Rica a lo que ahora ves en Nicaragua.

— La escena metalera es mal vista siempre. Hay chavalos que creen que el rock es destruirse y ponerse borracho. Es una música como cualquier otra con la que podés decir cosas interesantes, no es necesario hablar del diablo y destrucción, podés hablar de las cosas que pasan en tu país.

— La connotación del tatuaje en Centroamerica es negativa, ¿qué significan los tuyos?

— Los tatuajes me gustan, yo soy enamorado de los superhéroes, por eso te dije lo del Hulk, el primer tatuaje es Venom [el segundo es Cargacerrada], enemigo del Hombre Araña que lo ando en la camiseta, este maje yo lo comparo conmigo, tengo una enfermedad asquerosa, hago de todo, tengo tics nerviosos, ese el monstruo dentro de mí que no puedo controlar.

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