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Paisajes urbanos

Las manos de mi madre

Mi madre no tiene huellas dactilares. Una vez fue retenida media hora en un aeropuerto cuando la seguridad no logró captar ninguna imagen de sus pulgares.

Son manos de trabajo doméstico.

Ahora esas extremidades venosas, arrugadas y grises, muestran mucho su decrepitud.

Hace mucho tiempo dejaron de hacer obras finísimas de artesana, meses completos dedicados con paciencia a tejidos que nunca vendió. Ahora todo vibra y la aguja no encaja más en el punto, el cruce, la trama.

Esas manos que han tenido tanto poder en mi vida se han vuelto frágiles e inofensivas, las recuerdo más violentas que tiernas. Las respeto, pero es extraño reconocer ahora que no les tengo más miedo.

Lo de ellas era más disciplina, mucho trabajo, todo era práctico. “Obras son amores y no buenas razones”, eso se viene cantando desde los tiempos de la abuela.

Ahora la tomo para que no tropiece y aún así ellas se sueltan indomables.

Y no reniego. Realmente se puede extrañar la fortaleza útil. Esa palmada que te empuja o te levanta, serena y firme que marca la dirección sin consentimientos vacíos. Y los nudillos filosos tocando la madera vieja de una mesa o puerta.

Sin embargo, todo eso se está apagando. Ahora soy, somos, como los padres y madres de nuestra propia madre. El tiempo nos revierte a todos. Siento junto a mis hermanos que cada día nos acercamos al momento de despedirnos, estamos en esa fase cuando secretamente los hijos se preguntan “¿cuánto tiempo falta para que se apague?” Porque eso siendo algo tan natural no nos conforma.

Solo así la eternidad tiene sentido, cuando la religión te inventa un deseo que al final no es propio, más bien lo contrario, esa añoranza de perpetuidad existe porque están los otros, esos que vamos sepultando año tras año, aún en nuestra memoria.

Toco sus manos ásperas y palmas resbalosas, esas que al marcarme con gravedad o dulzura me convierten a mí en una de sus huellas, una más que se borrará con el tiempo.

Jinotepe, 3 de diciembre de 2016.

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La criminalización de la solidaridad

“La solidaridad es la ternura de los pueblos”
Ernesto Ché Guevara

Corrie ten Boom, nació en Amsterdam en 1892, de oficio relojera, daba la clase dominical en su parroquia reformista, quizá ese idealismo evangélico la llevó a arriesgar todo, ayudar era una cuestión de principios.
Como otros que se cuentan entre pocos en una época cruel y un mundo abominable, Corrie decidió ayudar a los perseguidos del régimen y colaboró con la disidencia. Cuando los nazis llegaron a Holanda, mejor dicho, cuando ocuparon su país, ella no estaba en peligro, la gente que se calla, que soporta, que no se mete, no necesita preocuparse de nada, aunque los nazis ronden tu patio, aunque te invadan, aunque vayan armados y estén matando a tus vecinos.
La familia ten Boom sacó a Corrie del dormitorio, construyeron ahí un refugio que dio de buena gana, hicieron una pared falsa para esconder a amigos judíos y miembros de la resistencia, hasta que en 1944, un soplón le siguió la pista y con toda su familia fue denunciada y deportada a un campo de concentración, una hermana de Corrie murió ahí, entre la gente que nadie pudo salvar.
Hoy que conocemos la historia, nos preguntamos cómo pudieron ocurrir estas tragedias. ¿Por qué tan poca gente ayudó a los judíos? ¿Por qué tan pocos se opusieron?
Según la organización holandesa Anne Frank (annefrank.org), aquellos que ayudaron tenían un vínculo familiar, amistoso o simplemente un fuerte espíritu de compasión u obligación moral, pero lo más cruel del asunto, era la prohibición de ejercer cualquier acto de solidaridad para los excluidos. Ayudarlos tenía graves consecuencias en la Holanda ocupada, en la Europa fascista, no solo era la cárcel, también, como en el caso de la familia ten Boom, la deportación.
Por otra parte, aunque muchos tenían referencia de la existencia de los campos de concentración, pocos podían imaginar la magnitud de los crímenes que ahí se cometían.
Recuerdo un documental alemán, donde los reporteros visitaron a una mujer, ya anciana que había denunciado a sus vecinos judíos que se escondían aún en el apartamento contiguo, en los archivos con su nombre, lograron entrevistarla y le contaron el fin de la familia que acusó, todos muertos en un campo de exterminio. Su respuesta fue una risita tonta, como de una niña atrapado en una mentira, como si se tratara de una travesura tonta a la que nadie debería dar importancia.
Sin embargo, el Museo Anne Frank en su página de internet sugiere que recuerden a los jóvenes y adolescentes por qué es importante ayudar a los demás, aunque sea peligroso.
Exacto, ¿por qué uno debe ponerse en peligro para ayuda? En lo personal, hay dos respuestas simples que podrían llevarme a tal locura, amor al prójimo, diría como creyente, o desde el plano secular, por simple “civil courage”. Es lo correcto, lo humano.

El migrante

Uno nunca sabe donde termina el mundo, sabemos donde empieza, en qué hospital nacimos, en qué casa nos criamos, dónde vivió la abuela, la madre, incluso sabemos del orfanato.

En Berlín, todo estaba en orden hasta que salí del apartamento, entonces uno que no ha cambiado, es sospechoso de un momento a otro, así un simple viaje a la universidad se puede convertir en una cita policial, o si faltó el ticket del bus, o si vas con tu raro bolso lleno de ropa sucia a la lavandería, u olvidaste marcar el boleto del metro, con los demás no sé qué pasaba, tal vez porque parezco turco, árabe, tengo el pelo negro, tal vez era mi ropa, algo. Como si fuera mi culpa, porque en estas desgracias siempre se impone una culpabilidad falsa, algo que justifique el “te vigilamos para que cumplas las normas”, ¿cuáles? La muchacha que aprieta su bolso y esconde sus pulseras frente a mí, en mi cara, los que se cambian de lugar cuando me siento cerca… ¿Cuál era delito, la sospecha, el miedo?

No importa que uno tenga visa, la verdad es otra. No son los papeles los que regulan el mundo, sino, las graves manchas de prejuicios en la conciencia de quienes creen controlarlo, tanto que pretenden ser los dueños de las vidas de otros, son ellos los que creen tener un poquito de control en esta cloaca moral.

Mi padre, fue migrante en Costa Rica, mi hermana mayor se fue a estudiar, la otra llegó mojada a Texas, el otro se fue becado, no hay en mi familia en todo caso, nada distinto a lo que pasa en la mayoría de casas de Nicaragua, o será Haití.

Todos tienen alguien fuera, casi todos se han querido ir, casi todos se fueron alguna vez.

Déjenlos pasar.

Buscando un centro: Camoapa

Hay cercanías que te sorprenden. Sorprenden porque nunca has estado ahí y apenas son 120 kilómetros, porque no conocés a nadie para tener una excusa de viaje, porque solo es un lugar con nombre en el mapa, porque la distancia es corta y la información es poca, porque el pasaje es caro, porque encontrás al introducirte en esos cruces de carretera otra cultura, acentos y revelaciones de un país fragmentado.

Camoapa es casi como una isla en tierra firme, aparentemente desconectada.

Sin rótulos de carretera, ni vallas publicitarias, las conexiones a Boaco y al empalme San Francisco en la ruta Managua-Juigalpa parecen paisajes de otro país, es decir, el pavimento está en buen estado, pero todo está impecable, limpio, incluso los potreros, las fincas y haciendas.

Es un pueblito próspero donde el invierno detiene el tiempo. Los finqueros no bajan de sus tierras porque los ríos crecen y todos se quejan por el enfriamiento de la economía aunque sin lluvia no hay pastos, ni frijoles, ni maíz, ni ventas. Es el verano la época de vacas gordas, en todo el sentido de la palabra.

El censo del 2005 informa que viven unas 14 mil personas en el casco urbano y 21 mil en las comarcas. Por eso, la vida de Camoapa está conectada más con los caminos rurales que con la carretera. Toda la economía depende de las tareas agropecuarias, por tanto lo cotidiano se vincula a las idas y venidas a la montaña donde aún habitan leoncillos, tigrillos y venados.

Así van los maestros en motos o pidiendo un aventón a los camiones distribuidores de pollo, leche o agua, las campesinas sin tierra y analfabetas al planchado y lavado de las amas de casa de los finqueros, pocos policías, pero sí soldados del ejército con sus fusiles AK-47 custodiando las cooperativas o los camiones blindados. Extremadamente católico, Camoapa tiene también su propia comunidad gay.

Los comercios abren siete días a la semana, pero a las nueve de la noche están casi todos dormidos o al menos en sus casas.

Dos radios y tres canales de televisión local desconectan aún más al pueblo del resto del mundo, pero la voz del vecino, padre, primo, hermano o sobrino, es siempre la información más efectiva, sobre todo ese grito tan esperado después de varios días en ascuas: “¡ya vino el agua, apurate a llenar los barriles!”.

También está volver a la letrina y el cosquilleo de las moscas en el trasero, comprar agua potable y almacenarla como vino tinto, cocinar con leña, la tortilla recién palmeada, el queso ahumado, los frijoles en bala, las caminatas sin ascensor por las calles hechas sobre antiguos cerros.

Uno también se va sumergiendo en las historias de la gente, algunos sin pena te cuentan sus angustias. Buscar un buen patrón para tu sobrina, uno que no te maltrate. Buscar otro marido, quizá el tercero o uno que no esté casado conb otra. La prima que murió de cáncer a los 24 años. La pastilla para el dolor que cuesta tanto. El borracho, el enfermo, el abusador, el preso, el abandonado. Es en ese momento que uno recuerda que la vida del campo no es solo ese retrato pintoresco que hemos imaginado o percibimos al inicio.

Sin embargo, la vida en los pueblos del centro revela la concentración insana a los problemas del Pacífico, la dinastía informativa de la capital y la presencia sobredimensionada de lo urbano. Por ejemplo, si quisiéramos hablar de espíritu emprendedor, deberíamos ver como se mueve la gente de Camoapa, como ven toda posibilidad y espacio para generar negocios, desde la misma manera que construyen sobre suampos y cerros, así también se las arreglan para no depender solo de sus vacas, aún la gente más pobre, si en la mañana venden tortillas, por la tarde van a limpiar una casa.

En esta era digital y de ofertas, quizá el mayor encanto del pueblo es que sus habitantes están poco interesados en ser “descubiertos” por el mundo. No hay una web visitcamoapa.com, ni algo parecido, apenas a la entrada hay un arco que dice “Paz y Bien, Bienvenidos a la Ciudad de Camoapa” con dos imagenes en los pilares: una es de la Purísima y la otra de San Francisco de Asís, más adelante otro rótulo dirige a los conductores a una vía que lleva a “La Calamidad”.

Herederos de la dinastía

Tacho y Luis (derecha), los hijos del dictador Anastasio Somoza García aparecen fotografiados el 25 de septiembre de 1937, la imagen de Keystone-France y Gamma-Keystone no especifíca el lugar de la imagen. “Tachito” no había cumplido los 12 y su hermano llegaría a 15 al siguiente mes.

La imagen de los dos hermanos es poco conocida, pero data del mismo 1937 cuando Somoza García asume por primera vez la presidencia, desde esa fecha y acompañado de estos entonces adolescentes conformaría la más larga dictadura familiar del continente.

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Hace 25 años llegó la paz

BarricadaUn día como hoy mis padres salieron de mañana a votar, fueron a una escuela de la colonia donde vivíamos en Managua, era el 25 de febrero de 1990. Mis cuatro hermanos estaban fuera, solo quedamos los dos menores, pero en la lista de la guerra seguía yo, tenía 14 años y empezaba a pensar en la milicia, la contra o el exilio. No son decisiones que debería tomar un adolescente, pero ese fue mi tiempo.

Mi familia por fortuna, no pedió a nadie en la guerra, ni siquiera los parientes cercanos. De ahí toda la historia personal tiene las rupturas, migraciones, incertidumbres y la convivencia con la posibilidad de morir entre balas o bombas que todo nicaragüense que se crió antes de 1990 conoce, unos más intensamente que otros.

Recuerdo los comentarios que salen cada de vez en cuando. Hoy le pregunté a mi madre por ese día, ya senil no tiene buena memoria, pero recuerda el gran silencio en la fila para votar. El silencio es el acto más común de nuestra historia, un silencio que no solo está en los libros y los discursos. Mi hermano que fue reclutado y vivió la guerra en Jinotega, pocas cosas nos dice, una vez regresamos a Apanás y le pregunté por el campo donde lo visitamos en 1986, su hija sorprendida no sabía que había cumplido el servicio militar. Apenas un diario escrito en un cuaderno nos reveló un poco su drama. Creo que ya no existe.

Otros sí conocen lo que es perder a alguien, ese dolor no lo entiendo, pero solo imaginarlo me produce escalofríos. De ahí todo es explicable, la locura, la insensatez, la ira, el rencor.

Debo admitir el heroísmo del FSLN, entregando el poder a sus enemigos, bajando las armas y prometiendo lealtad. El heroísmo de la contra regresando desarmada a la comunidades que habían combatido. Por eso, el mérito más grande es del pueblo, ese que construyó la historia.de una posibilidad desconocida.

Mis padres no votaron por la UNO, ni Violeta Barrrios, creo que tampoco contra el FSLN. Votaron por sus hijos, para verlos de nuevo, votaron por mí para no tener que despedirme contra mi voluntad en un campo militar o una frontera. Mi padre que en paz descanse, votó también sin saberlo por sus nietos, todos ellos nacidos después de la guerra, la primera generación de nicaragüenses que conocen esta tristeza solo por los libros, la primer generación que nació y creció en paz. Nosotros, todos los demás, no sabíamos que era posible, estábamos acostumbrados a matarnos, lo normal era la guerra y nunca supusimos que nuestra vida podía ser completamente distinta. Paz es una hermosa palabra, pero mucho más hermoso es vivir con ella.