“Si el poeta eres tú”

Aún no tengo claro para qué quiero este lugar, no sé si será una esquina de periodismo, literatura, cultura, ensayos o un simple archivo de textos publicados y anónimos. La idea de un blog no me había gustado hasta hace un mes, pero debo admitir que los tiempos cambian y la palabra impresa no es la única, aunque quizá deba admitir que puedo estar aquí sólo por vanidad y ganas de seguir una moda.
Digamos que sólo quiero hacer de este lugar un sitio para almacenar palabras, así como Juan Sobalvarro, escritor, poeta, ensayista y periodista nicaragüense, lo describe: “las palabras no son un género literario, sino piezas con las que podemos crear ese ‘organismo verbal’ del que hablaba Octavio Paz cuando se refería a la poesía”.
A Juan Sobalvarro no sólo le agradezco el comentario, lo conozco desde mediados de los noventa, casualmente en el momento que se acercó a su esposa por primera vez, la poeta y editora Marta Leonor González, desde entonces creo que nos hemos conocido a través de la poesía y al final también del periodismo.
Juan forma parte de un conjunto vital de personas que hacen cultura con los medios más simples, como aquella primera edición de los 400 Elefantes, fundada por él, su esposa y la poeta Carola Brantome.
Ellos tres demostraron que no sólo se debe aprovechar cada espacio, sino, en caso de carecer de los mismos, se pueden crear, aún pocos años después de una guerra, en un país desolado, sin recursos y agotado. Aquella edición fotocopiada de la revista es ahora un sello editorial y un referente cultural en Nicaragua.
Juan buscaba poesía y nosotros la encontramos en él. Desde entonces vengo leyendo su narrativa vivaz y ligera como una lanza que atraviesa el cuerpo en un brevísimo instante, así como sus poemas sin sortilegios ni malabares, expresiones puras de lo humano, lo terriblemente humano.
Tiene cierto enfado, un malestar invocado por su experiencia en la guerra, por el desencanto del discurso del poder y el paisaje de Managua en su caos de las cinco de la tarde o la noche del delito.
Una vez le advertí que estaba pagando un precio muy alto. La experimentación, los cruces de géneros, la ambición por plasmar el lenguaje local en tiempo y espacio, los enfados honestos con el mundo inmediato y el desprecio al romanticismo estilístico, pueden formar parte de una literatura radiante, compleja y original, pero sobrepasar los esteticismos tradicionales y las apuestas culturales son tentativas de marginalidad en un lugar donde los hábitos de lectura, se parecen mucho a los de escritura.
En todo caso, esto lo convierte a mi manera de ver, en uno de los autores más interesantes de Nicaragua en estos momentos, siempre estoy pendiente de su material nuevo, porque Juan parece desde hace mucho un autor maduro, pero creo que aún no ha llegado a su plenitud.
Por esto, quisiera empezar este espacio con él como invitado, porque representa mucho la idea de este lugar, es decir, una voz de la generación de postguerra, con sus carencias y desasosiegos reales, fictivos o deformados, las incomprensiones de su tiempo y la testarudez de encontrar una playa en las palabras, después de tantos naufragios, de tantas idas y venidas, de cambios de rutas e itinerarios.
Usted puede entenderlo mejor leyendo sus respuestas a preguntas que le envié por correo electrónico, así como una breve reseña de su trabajo con links a ensayos sobre los mismos y mi comentario sobre su último libro Agenda del desempleado.
Entiéndase además esta invitación como mi respaldo personal a Juan Sobalvarro ante la polémica por la coautoría de La Yuma, largometraje de ficción dirigido por la francesa Florence Jaugey.

Reseña

La Agenda de Sobalvarro

Entrevista: “A la literatura nicaragüense le falta sexo”

Carretera a Masaya

Es cierto, soy perico, un principiante, es de noche y voy cansado por una jornada de casi doce horas en la redacción. Llegando a Ticuantepe, trato de pasar al carril derecho para girar en la rotonda.
También es verdad que voy rápido porque aventajo a un vehículo.
De pronto veo muy campante a un perro parado en medio del carril derecho. No sé si sortearlo o detenerme porque hay tráfico, pero bajo la velocidad antes de todo y con un poco de suerte pito y el perro sale de la pista.
Con esto me detiene la policía. ¿Será por la velocidad, las luces, una mala maniobra? La suerte está echada así que puedo esperar cualquier cosa y empiezo a sacar cuentas de mi presupuesto para pagar una posible multa.
Con mis documentos en manos del oficial, recuerdo la máxima legal: No discutir con el policía. Cualquier cosa que digas puede ser usada en tu contra. Mejor esperar, porque ni yo mismo sé el motivo de mi falta, ni cual será mi veredicto. O tal vez alguien se robó un carro como el mío o hay un parte de un vehículo parecido que transporta drogas o un asesino perseguido que anda por estos lados. Sólo es rutina, pienso y me calmo.
–Usted ha tomado, ¿verdad?– Pregunta el policía y yo trago gordo aunque la inocencia me acompaña. Eso lo aseguro por completo. En mi mente pasa la otra máxima de la justicia criolla: Este tipo quiere una mordida. Esa mañana leí un reportaje en Domingo sobre eso, cuatro páginas sobre corrupción en tránsito.
–He estado trabajando todo el día, sólo estoy cansado– Le digo.
–Miré que estaba zigzagueando–. Dice el tipo. Yo mientras tanto, ya me había olvidado del perro en medio del camino.
–La carretera tiene baches y como ve, el carro es muy chiquito. Sólo estoy cansado y lo único que me he tomado es una chocolita.
Creo que pensó que era la excusa más estúpida del mundo. Me hizo soplar dos veces en su cara y con una voz con un tono que no me gustó repitió “una chocolita”, con pocas ganas de creerme. A pesar de eso, tuve el alivio de la absolución. Se limitó a decir: “le voy a dar el beneficio de la duda” y me dejó con un mar de dudas en la cabeza. ¿Tan mal aliento tengo? En casa tuve que pedirle a mi hermana que me dijera si olía a licor y le sople dos veces. Un pequeño sacrificio, pero para eso está la familia.
He escrito un email a una amiga en Alemania con este relato. En mi mente no sale el episodio del perro, el policía y mis soplidos en su nariz. ¿No sería mejor andar un alcoholímetro para evitar la vergüenza?
Le cuento todo esto por email a mi amiga. Le digo que irónicamente a pesar del cansancio y el stress de todo una jornada, finalmente son estas pequeñas cosas las que nos quedan guardadas en la mente y las que se vuelven en todo caso una de nuestras graves amarguras para cerrar el día. Maldito policía, creyó que le estaba dando vuelta.
Una preocupación volátil y tonta en estas coordenadas del mundo hace que la vida se convierta en una serie de postales hecha de pasajes cotidianos como este, postales vivientes en estas coordenadas del mundo, como una película tragicómica de Woody Allen, pero en el trópico.
Mi amiga responde: “Ya me diste ganas de una chocolita”.

Travesías

Comienzo a experimentar algo que he postergado mucho tiempo. Las calles despobladas de este domingo me motivan a mirar hacia adelante, sin tantos obstáculos como el ruido, las idas y venidas entre uno y otro extremo de la ciudad, puede que pase algo… no sé. Puede que no pase nada.

Política, Cultura y Sociedad