¡Bomba, bomba! ¡Cuete, cuete!

El teatro popular callejero conocido como La Gigantona tiene origen en la Europa medieval, comúnmente se le concede un carácter sincrético o mestizo en un afán más imaginativo que histórico, en realidad, la mujer no representa a la conquistadora española ni el enano al indio, el origen de los personajes es menos que una apropiación de las comparsas de gigantes y cabezudos que aún salen a las calles de las fiestas españolas como en casi un centenar de paises en el mundo (ver Wikipedia).

La gigantona Lucerito es muestra de la recreación folclórica de León, el video fue tomado durante las fiestas de San Sebastián de Diriamba en enero del 2016.

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Desenterrando cadáveres

“Dejen que los muertos entierren a sus muertos”

Jesucristo

Hay más de una razón para sepultar un cadáver, el ser más querido o la más sutil de las criaturas se pudre. Nadie debería enfrentarse a la imagen de una persona en estado de descomposición, la idea de la degradación final es asquerosa, la muerte hiede y no tiene esa apariencia pulcra y blanca de los esqueletos plásticos de las clínicas privadas.

Separamos la vida de lo que no existe con el peso del mármol o el cemento. Sin embargo, muchas veces caemos en el engaño o nos autoinfringimos una condena innecesaria, levantamos la lápida y nos llenamos en el mejor de los casos de fantasmas o en el peor escenario, nos rodeamos de zombis con entrañas colgando, ensangrentados, persiguiéndonos como en las series o las películas de horror.

A veces basta una relación fallecida, ataques prematuros del miocardio, viejas historias llenas de emoción pasajera y promesas sin cumplir. De pronto nos reencontramos, queremos seguir padeciendo, sufrimos por la esperanza de algo que está condenado a desaparecer con el tiempo y extermina aquella sombra de alegría que finalmente pudimos recuperar.

Así también en un país sin memoria, recordamos eventos, historias, lugares, proyectos, buscamos cómo rescatarlos y los sacamos de la gaveta o de la manga como magos sin oficio. Las cicatrices se abren, las heridas se llenan de sangre, el dolor se recupera, el tiempo se desperdicia. Nos volvemos zombies entre nosotros mismos, mordiéndonos sin lástima, sin cerebro.

Quizá no sea malo olvidar, después de todo. Hay mucha redención en el perdón. Sin embargo, esto no es la historia nacional, sino, nuestro mundo personal, estas cosas transitan las avenidas de nuestra alma, entran por las ventanas del corazón, cerradas al presente y en pampa frente al pasado. Nuestra memoria selectiva funciona hacia afuera, pero no para adentro.

Fingir que olvidamos es inútil, si todo está ahí, ¿a quién engañamos? No hablar del pasado es mentir, sobre todo, cuando nos ata, cuando nos detiene mientras el ahora sigue al otro lado de la acera llamándonos como una hija abandonada.

No se trata de matar el tiempo, al fin de cuentas, está muerto, eso dejó de existir muy a nuestro pesar, el problema es que desenterramos una y otra vez los cuerpos putrefactos. Eso que está ahí son desechos, nada más, tiene la forma, pero no es el cuerpo, es la silueta de algo que imaginamos podía ser nuestra felicidad, pero es solo nuestra mente que juega su pérdida. Hay que resignarse, es imposible cambiar eso, no tiene futuro.

En todo caso, no se puede buscar la felicidad en el pasado, aunque hipotéticamente ahí hubiera estado, eso además es indefinible, la felicidad es un concepto tan variable. No es simple placer, no es un estado de ánimo, no es tangible, ni visible, no es medible, ni nada. Es solo un concepto, pero nosotros, somos más que una idea temporal, más que la suma de años, meses, días y horas, más que un salario, un día de fiesta, una noche de sexo, pero sobre todo más que un puñado de sombras persiguiéndonos, más que el rencor por el daño sufrido o la culpa por el cometido, más que una infancia perdida o una juventud malgastada, la vida es más que uno mismo y el resultado de sus fragmentadas partes.

Por eso, solo nos resta seguir. Podemos entregarnos a la tumba, no antes, no ahora, no en este instante, a pesar de toda la carga, no es mármol ni cemento lo que cargamos en vida.

Linchamiento digital

El fin de la era de la privacidad vino con las armas más intimidantes de la vida pública: las redes sociales y los medios de comunicación. El que se somete al oráculo de la información digital en cualquier momento puede perecer bajo el peso de su vanidad.

Cualquier error, traspié o equivocación pública cuesta caro, pero cualquiera puede ser censor aún de sus mejores amigos: bloqueo, ciberbullying o como quieran llamarlo, la inquisición ha regresado sin religión.

El dogma mediático tiene relación con las creencias de los grandes grupos de lobby y particularmente la ideología liberal aparece como un buen inquisidor de reputaciones.

La historia de Melvin Tumin, profesor de Princeton, acusado de racismo, revela lo absurdo de este circo inquisidor. La mancha humana de Philip Roth se basa en este caso, más absurdo aún cuando el mismo autor quiso corregir la información sobre la fuente de inspiración y la misma Wikipedia lo consideró una fuente no confiable de su propia obra.

Muy poca estima tengo de los llamados “progres” que resultan ser tan cerrados y fundamentalistas en su ideología como el mismo opus dei. Lean a Zizek y su defensa a la intolerancia, la brújula perdida del pensamiento moderno más orientado a repetir los vicios del sistema financiero global y su engranaje intelectual.

Ser progre es fácil en estos tiempos, antes necesitabas un espíritu crítico, inconformidad, cuestionabas todo y a todos y todas, sospechabas, eras radicalmente desconfiado. Era una mentalidad autónoma, independiente y casi anárquica, por tanto, bastante solitaria, era el vanguardismo salir de la línea general y optar por caminos alternos, así desarrollabas el pensamiento de tu tiempo. Esto hoy en día es un pecado grave, quien no está conectado, socialmente activo o virtualmente, simplemente queda anulado, tener una voz disonante en el coro ideológico de izquierda o derecha, significa la muerte social, así a secas. El libro se ha vuelto marginal en la discusión pública.

El aniquilamiento de lo políticamente incorrecto es un poco cínico, mientras se celebra la libertad de expresión occidental, las opiniones marcadamente moderadas y hasta cierto punto gremiales son las que sobresalen, lo políticamente incorrecto es una caricatura, de no ser por el ataque a Charlie Hebdó quizá este tipo de discusión no hubiera sido global, pero mientras se trata aquí de un medio con experimentos bastante cuestionables, otras expresiones igualmente subversivas dentro del pensamiento conservador son virtualmente exterminadas como la “disidencia” de la izquierda fundamentalista, liberal o tipo ONG.

En tiempos de Cristo, nadie estaba libre de culpa para tirar la primera piedra a los pecadores, pero eso fue hace dos mil años. Ahora cualquier idiota se siente con derecho a tirar granadas, morteros, cuchillos, puñales e incluso pañales usados. Los inquisidores son cínicos despiadados.

Otros tiempos, otras herejías, otros jueces.

El caso de la periodista tuitera que pudo acabar con la carrera de un Premio Nóbel, descubre la magnitud de la farsa social. Es cierto, fueron expresiones penosas, pero se convirtieron en politikum, es decir, algo irrelevante que es llevado a la agenda global. En otro tiempo esto sería un mal chiste y acabaría con una disculpa, pero ahora no pasa sin la avalancha crítica de los nuevos cardenales de la moral pública, de lo públicamente correcto. Cazafantasmas de una redacción cualquiera convertida en el Santo Oficio del Siglo 21, ellos van con todo, piden condena.

Lo confuso aquí es que todos tenemos pecados, cualquiera ha visto un porno, hecho un chiste rojo, verde, anaranjado, lila o arcoiris, todos tenemos un pasado, una borrachera, una amante, un desliz verbal, una mala postura, un secreto inconfeso. La imperfección es un argumento humano para seguir existiendo a pesar de los errores.

El problema está entonces en el control sobre el juicio público, la consignación del poder mediático inquisidor a una horda sin ley o a medios con intereses marcadamente económicos, grupos con control de la palabra e imagen. Si acaso falta la verdad, pues se inventan rumores.

El asunto aquí es que las redes sociales tienen la autoridad del linchamiento público, una especie de caza de brujas moderna, donde un público anónimo de zombis pide carne humana. Entre más prominente o entre más vergonzoso el acto de su víctima más efectiva la incineración. Se trata de aniquilar la oposición e imponer un pensamiento universal, homogéneo. El canibalismo tiene como su mejor táctica revelar los pecados que confesamos en internet, porque la fibra óptica todo lo sabe, todo lo registra, tiene una memoria inmensa que nos puede perseguir mucho tiempo después cuando la absolución supuestamente ha llegado. Es el dios de los secretos.

Pero los herejes tienen una característica, ninguno es rico, pueden tener poder, pero no tienen dinero. Donald Trump seguirá invitando mexicanas al concurso de misses, aunque sea un racista públicamente declarado, pero en cambio otros pecadores sin dinero, ni medios de comunicación, morirán devorados por la llamada opinión pública, aunque sean sabios en su género. No solo eso, también perderán lo privado, es decir, empleo y familia.

¿Y eso que tiene que ver con todos aquellos que no son prominentes? Mucho. Porque no hay dogmatismo sin masa, mensajes de desamor y desencanto unos contra otros por una frase a favor o en contra de uno de nuestros oráculos sagrados, mandamientos de una época neomedieval, con ideologías peligrosamente radicales disfrazadas de progresistas como si no tuvieramos suficiente con las puritanas.

Bienaventurados pues los que no usan el internet, porque al menos ellos no padecerán persecución a causa de sus opiniones.

Huérfanos del tiempo destruido

portada huerfanosA aquellas personas que desean leer mi novela “Huérfanos del tiempo destruido” aviso que está a la venta en las librerías  Hispamer, Literatos y en el CNE, para aquellos que no pueden comprar un libro próximamente habrán copias disponibles en la Biblioteca del Banco Central de Nicaragua y el Bibliobús Bertolt Brecht. Como no se puede juzgar un libro por la portada, me permito regalar un momento de lectura para que ustedes mismos decidan gastar recursos y tiempo por este trabajo, aquí también una reseña de Yáder Luna en El Nuevo Diario, un perfil de Maynor Salazar para el diario Hoy y una entrevista de Marta Leonor González en La Prensa. Lee aquí las primeras páginas de Huérfanos del tiempo destruido, también disponibles en la Revista Carátula dirigida por Sergio Ramírez.

Hace 25 años llegó la paz

BarricadaUn día como hoy mis padres salieron de mañana a votar, fueron a una escuela de la colonia donde vivíamos en Managua, era el 25 de febrero de 1990. Mis cuatro hermanos estaban fuera, solo quedamos los dos menores, pero en la lista de la guerra seguía yo, tenía 14 años y empezaba a pensar en la milicia, la contra o el exilio. No son decisiones que debería tomar un adolescente, pero ese fue mi tiempo.

Mi familia por fortuna, no pedió a nadie en la guerra, ni siquiera los parientes cercanos. De ahí toda la historia personal tiene las rupturas, migraciones, incertidumbres y la convivencia con la posibilidad de morir entre balas o bombas que todo nicaragüense que se crió antes de 1990 conoce, unos más intensamente que otros.

Recuerdo los comentarios que salen cada de vez en cuando. Hoy le pregunté a mi madre por ese día, ya senil no tiene buena memoria, pero recuerda el gran silencio en la fila para votar. El silencio es el acto más común de nuestra historia, un silencio que no solo está en los libros y los discursos. Mi hermano que fue reclutado y vivió la guerra en Jinotega, pocas cosas nos dice, una vez regresamos a Apanás y le pregunté por el campo donde lo visitamos en 1986, su hija sorprendida no sabía que había cumplido el servicio militar. Apenas un diario escrito en un cuaderno nos reveló un poco su drama. Creo que ya no existe.

Otros sí conocen lo que es perder a alguien, ese dolor no lo entiendo, pero solo imaginarlo me produce escalofríos. De ahí todo es explicable, la locura, la insensatez, la ira, el rencor.

Debo admitir el heroísmo del FSLN, entregando el poder a sus enemigos, bajando las armas y prometiendo lealtad. El heroísmo de la contra regresando desarmada a la comunidades que habían combatido. Por eso, el mérito más grande es del pueblo, ese que construyó la historia.de una posibilidad desconocida.

Mis padres no votaron por la UNO, ni Violeta Barrrios, creo que tampoco contra el FSLN. Votaron por sus hijos, para verlos de nuevo, votaron por mí para no tener que despedirme contra mi voluntad en un campo militar o una frontera. Mi padre que en paz descanse, votó también sin saberlo por sus nietos, todos ellos nacidos después de la guerra, la primera generación de nicaragüenses que conocen esta tristeza solo por los libros, la primer generación que nació y creció en paz. Nosotros, todos los demás, no sabíamos que era posible, estábamos acostumbrados a matarnos, lo normal era la guerra y nunca supusimos que nuestra vida podía ser completamente distinta. Paz es una hermosa palabra, pero mucho más hermoso es vivir con ella.

Política, Cultura y Sociedad