Nicaragua en los Panama Papers

Los documentos de la firma panameña Mossack Fonseca con datos de empresas globales de papel para lavar dinero a gran escala, también apuntan a la presidencia de Nicaragua, reveló el diario alemán Sueddeutsche Zeitung. La presidencia de Nicaragua tiene “rastros” en los documentos reveló en un infográfico el periódico editado en Munchen aunque solo hay pruebas concretas de 12 presidentes, sin embargo, la web del Consorcio Internacional de Periodismo Investigativo (ICIJ) que también coordina la investigación, no enlista a nuestro país (aunque conté 61 en la lista), pero tampoco está Costa Rica, uno de los paraísos fiscales.

De tratarse de Arnoldo Alemán, no sería sorpresa, en el 2000 La Prensa mostró una serie de cheques jugosos en la empresa canalera Multicambios y en el 2003 el expresidente fue condenado por la famosa huaca donde había trasladado de las arcas públicas unos 100 millones de dólares por medio de firmas fantasmas.

La información es gigantesca, más de once millones de archivos, de 1977 al 2015,  involucran a 120 políticos de muchos países. Tal vez encuentran otra huaca nica, pero esto se sabrá hasta inicios de mayo cuando el SZ e ICIJ coloquen en la red el nombre de todos los implicados y sus empresas.

 

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¡Bomba, bomba! ¡Cuete, cuete!

El teatro popular callejero conocido como La Gigantona tiene origen en la Europa medieval, comúnmente se le concede un carácter sincrético o mestizo en un afán más imaginativo que histórico, en realidad, la mujer no representa a la conquistadora española ni el enano al indio, el origen de los personajes es menos que una apropiación de las comparsas de gigantes y cabezudos que aún salen a las calles de las fiestas españolas como en casi un centenar de paises en el mundo (ver Wikipedia).

La gigantona Lucerito es muestra de la recreación folclórica de León, el video fue tomado durante las fiestas de San Sebastián de Diriamba en enero del 2016.

Desenterrando cadáveres

“Dejen que los muertos entierren a sus muertos”

Jesucristo

Hay más de una razón para sepultar un cadáver, el ser más querido o la más sutil de las criaturas se pudre. Nadie debería enfrentarse a la imagen de una persona en estado de descomposición, la idea de la degradación final es asquerosa, la muerte hiede y no tiene esa apariencia pulcra y blanca de los esqueletos plásticos de las clínicas privadas.

Separamos la vida de lo que no existe con el peso del mármol o el cemento. Sin embargo, muchas veces caemos en el engaño o nos autoinfringimos una condena innecesaria, levantamos la lápida y nos llenamos en el mejor de los casos de fantasmas o en el peor escenario, nos rodeamos de zombis con entrañas colgando, ensangrentados, persiguiéndonos como en las series o las películas de horror.

A veces basta una relación fallecida, ataques prematuros del miocardio, viejas historias llenas de emoción pasajera y promesas sin cumplir. De pronto nos reencontramos, queremos seguir padeciendo, sufrimos por la esperanza de algo que está condenado a desaparecer con el tiempo y extermina aquella sombra de alegría que finalmente pudimos recuperar.

Así también en un país sin memoria, recordamos eventos, historias, lugares, proyectos, buscamos cómo rescatarlos y los sacamos de la gaveta o de la manga como magos sin oficio. Las cicatrices se abren, las heridas se llenan de sangre, el dolor se recupera, el tiempo se desperdicia. Nos volvemos zombies entre nosotros mismos, mordiéndonos sin lástima, sin cerebro.

Quizá no sea malo olvidar, después de todo. Hay mucha redención en el perdón. Sin embargo, esto no es la historia nacional, sino, nuestro mundo personal, estas cosas transitan las avenidas de nuestra alma, entran por las ventanas del corazón, cerradas al presente y en pampa frente al pasado. Nuestra memoria selectiva funciona hacia afuera, pero no para adentro.

Fingir que olvidamos es inútil, si todo está ahí, ¿a quién engañamos? No hablar del pasado es mentir, sobre todo, cuando nos ata, cuando nos detiene mientras el ahora sigue al otro lado de la acera llamándonos como una hija abandonada.

No se trata de matar el tiempo, al fin de cuentas, está muerto, eso dejó de existir muy a nuestro pesar, el problema es que desenterramos una y otra vez los cuerpos putrefactos. Eso que está ahí son desechos, nada más, tiene la forma, pero no es el cuerpo, es la silueta de algo que imaginamos podía ser nuestra felicidad, pero es solo nuestra mente que juega su pérdida. Hay que resignarse, es imposible cambiar eso, no tiene futuro.

En todo caso, no se puede buscar la felicidad en el pasado, aunque hipotéticamente ahí hubiera estado, eso además es indefinible, la felicidad es un concepto tan variable. No es simple placer, no es un estado de ánimo, no es tangible, ni visible, no es medible, ni nada. Es solo un concepto, pero nosotros, somos más que una idea temporal, más que la suma de años, meses, días y horas, más que un salario, un día de fiesta, una noche de sexo, pero sobre todo más que un puñado de sombras persiguiéndonos, más que el rencor por el daño sufrido o la culpa por el cometido, más que una infancia perdida o una juventud malgastada, la vida es más que uno mismo y el resultado de sus fragmentadas partes.

Por eso, solo nos resta seguir. Podemos entregarnos a la tumba, no antes, no ahora, no en este instante, a pesar de toda la carga, no es mármol ni cemento lo que cargamos en vida.

Linchamiento digital

El fin de la era de la privacidad vino con las armas más intimidantes de la vida pública: las redes sociales y los medios de comunicación. El que se somete al oráculo de la información digital en cualquier momento puede perecer bajo el peso de su vanidad.

Cualquier error, traspié o equivocación pública cuesta caro, pero cualquiera puede ser censor aún de sus mejores amigos: bloqueo, ciberbullying o como quieran llamarlo, la inquisición ha regresado sin religión.

El dogma mediático tiene relación con las creencias de los grandes grupos de lobby y particularmente la ideología liberal aparece como un buen inquisidor de reputaciones.

La historia de Melvin Tumin, profesor de Princeton, acusado de racismo, revela lo absurdo de este circo inquisidor. La mancha humana de Philip Roth se basa en este caso, más absurdo aún cuando el mismo autor quiso corregir la información sobre la fuente de inspiración y la misma Wikipedia lo consideró una fuente no confiable de su propia obra.

Muy poca estima tengo de los llamados “progres” que resultan ser tan cerrados y fundamentalistas en su ideología como el mismo opus dei. Lean a Zizek y su defensa a la intolerancia, la brújula perdida del pensamiento moderno más orientado a repetir los vicios del sistema financiero global y su engranaje intelectual.

Ser progre es fácil en estos tiempos, antes necesitabas un espíritu crítico, inconformidad, cuestionabas todo y a todos y todas, sospechabas, eras radicalmente desconfiado. Era una mentalidad autónoma, independiente y casi anárquica, por tanto, bastante solitaria, era el vanguardismo salir de la línea general y optar por caminos alternos, así desarrollabas el pensamiento de tu tiempo. Esto hoy en día es un pecado grave, quien no está conectado, socialmente activo o virtualmente, simplemente queda anulado, tener una voz disonante en el coro ideológico de izquierda o derecha, significa la muerte social, así a secas. El libro se ha vuelto marginal en la discusión pública.

El aniquilamiento de lo políticamente incorrecto es un poco cínico, mientras se celebra la libertad de expresión occidental, las opiniones marcadamente moderadas y hasta cierto punto gremiales son las que sobresalen, lo políticamente incorrecto es una caricatura, de no ser por el ataque a Charlie Hebdó quizá este tipo de discusión no hubiera sido global, pero mientras se trata aquí de un medio con experimentos bastante cuestionables, otras expresiones igualmente subversivas dentro del pensamiento conservador son virtualmente exterminadas como la “disidencia” de la izquierda fundamentalista, liberal o tipo ONG.

En tiempos de Cristo, nadie estaba libre de culpa para tirar la primera piedra a los pecadores, pero eso fue hace dos mil años. Ahora cualquier idiota se siente con derecho a tirar granadas, morteros, cuchillos, puñales e incluso pañales usados. Los inquisidores son cínicos despiadados.

Otros tiempos, otras herejías, otros jueces.

El caso de la periodista tuitera que pudo acabar con la carrera de un Premio Nóbel, descubre la magnitud de la farsa social. Es cierto, fueron expresiones penosas, pero se convirtieron en politikum, es decir, algo irrelevante que es llevado a la agenda global. En otro tiempo esto sería un mal chiste y acabaría con una disculpa, pero ahora no pasa sin la avalancha crítica de los nuevos cardenales de la moral pública, de lo públicamente correcto. Cazafantasmas de una redacción cualquiera convertida en el Santo Oficio del Siglo 21, ellos van con todo, piden condena.

Lo confuso aquí es que todos tenemos pecados, cualquiera ha visto un porno, hecho un chiste rojo, verde, anaranjado, lila o arcoiris, todos tenemos un pasado, una borrachera, una amante, un desliz verbal, una mala postura, un secreto inconfeso. La imperfección es un argumento humano para seguir existiendo a pesar de los errores.

El problema está entonces en el control sobre el juicio público, la consignación del poder mediático inquisidor a una horda sin ley o a medios con intereses marcadamente económicos, grupos con control de la palabra e imagen. Si acaso falta la verdad, pues se inventan rumores.

El asunto aquí es que las redes sociales tienen la autoridad del linchamiento público, una especie de caza de brujas moderna, donde un público anónimo de zombis pide carne humana. Entre más prominente o entre más vergonzoso el acto de su víctima más efectiva la incineración. Se trata de aniquilar la oposición e imponer un pensamiento universal, homogéneo. El canibalismo tiene como su mejor táctica revelar los pecados que confesamos en internet, porque la fibra óptica todo lo sabe, todo lo registra, tiene una memoria inmensa que nos puede perseguir mucho tiempo después cuando la absolución supuestamente ha llegado. Es el dios de los secretos.

Pero los herejes tienen una característica, ninguno es rico, pueden tener poder, pero no tienen dinero. Donald Trump seguirá invitando mexicanas al concurso de misses, aunque sea un racista públicamente declarado, pero en cambio otros pecadores sin dinero, ni medios de comunicación, morirán devorados por la llamada opinión pública, aunque sean sabios en su género. No solo eso, también perderán lo privado, es decir, empleo y familia.

¿Y eso que tiene que ver con todos aquellos que no son prominentes? Mucho. Porque no hay dogmatismo sin masa, mensajes de desamor y desencanto unos contra otros por una frase a favor o en contra de uno de nuestros oráculos sagrados, mandamientos de una época neomedieval, con ideologías peligrosamente radicales disfrazadas de progresistas como si no tuvieramos suficiente con las puritanas.

Bienaventurados pues los que no usan el internet, porque al menos ellos no padecerán persecución a causa de sus opiniones.

Huérfanos del tiempo destruido

portada huerfanosA aquellas personas que desean leer mi novela “Huérfanos del tiempo destruido” aviso que está a la venta en las librerías  Hispamer, Literatos y en el CNE, para aquellos que no pueden comprar un libro próximamente habrán copias disponibles en la Biblioteca del Banco Central de Nicaragua y el Bibliobús Bertolt Brecht. Como no se puede juzgar un libro por la portada, me permito regalar un momento de lectura para que ustedes mismos decidan gastar recursos y tiempo por este trabajo, aquí también una reseña de Yáder Luna en El Nuevo Diario, un perfil de Maynor Salazar para el diario Hoy y una entrevista de Marta Leonor González en La Prensa. Lee aquí las primeras páginas de Huérfanos del tiempo destruido, también disponibles en la Revista Carátula dirigida por Sergio Ramírez.

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