La soledad de los abuelos

Los adultos mayores dejaron de ser los oráculos en una sociedad de niños y adolescentes, pero esta silenciosa minoría sigue creciendo a pesar del olvido y en muchos casos del maltrato ¿Se ha perdido la mística de las canas?

Luis E. Duarte

En el barrio La Fuente desde octubre pasado, varias decenas de ancianos que pasan los sesenta hacen fiestas diarias en una casa esquinera color mamón cerca de la distribuidora Águila Negra, se trata del Club del Adulto Mayor.

A las ocho de la mañana los hombres juntan las mesas para jugar con los naipes o simplemente se sientan a platicar, pero cuando las mujeres suben la música y se ponen a bailar, las mesas quedan vacías.

Poco antes del mediodía la mayoría regresa a sus casas, a cuidar la propiedad, a los nietos o calentar la comida porque en el club apenas reciben un refrigerio. Es el primer lugar inaugurado por el Ministerio de la Familia (MIFAMILIA) en Managua para suplir las necesidades de entretenimiento de los abuelos que no son jubilados, pues el único centro parecido pertenece al Instituto Nicaragüense de Seguridad Social (INSS).

Sin embargo, la fiesta diaria de cuarenta y hasta cincuenta ancianos es apenas un espejismo. José Ignacio Aragón Mayorga, un voceador de 67 años es uno de los pocos que se queda en la casa mamón de La Fuente, juega naipes y se dispone a moverse al ritmo de la Sonora Matancera. Su esposa y cuatro hijos se marcharon hace dos décadas a Matagalpa, por razones que él no explica. Ahora vive con la familia vecina de una sobrina, con quien dejó de convivir por problemas familiares, como agradecimiento le ayuda con 30 ó 40 córdobas semanales, también “cuando consigo comida les doy”, dice.

-¿Y su esposa?

-Nos dejamos.

-Pero sus hijos lo visitan.

-Sí, de vez en cuando vienen.

-¿Y cuándo fue la última vez que vinieron?

-El último que vino fue hace quince años.

Lugares de atención para los ancianos son la excepción. Datos de MIFAMILIA indican que apenas hay cuatro clubes en todo el país que atienden a 295 adultos mayores, cuatro comedores para 560 y 16 centros de atención privados y estatales para 661 personas, cuando la población en edad de pensión (sobre 64 años) era de 221 mil personas, según el censo nacional del 2005.

La significativa desprotección para los adultos mayores es culpa tanto de la familia, la sociedad y el Estado, expresa Gonzalo Carrión, Director del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (CENIDH).

Los adultos mayores representan un grupo generacional minúsculo en Nicaragua, son apenas el 4,3 por ciento en un país donde es de alta prioridad la protección de niños, niñas y adolescentes. En cambio en países con una población mayor de ancianos, como Argentina y Estados Unidos, los abusos y delitos crecen de forma alarmante, a tal punto que forman parte de la agenda de seguridad pública.

En nuestro país el Instituto de Medicina Legal registró en el 2006 un bajo porcentaje de violencia intrafamiliar en los adultos (141 casos) entre 3 mil 239 denuncias. Pero más allá de los casos extremos de violencia, se observa una incompasividad de la sociedad frente a los mayores.

Carrión habla de las filas de bancos para cobrar “una pinche pensión”, más los procedimientos engorrosos, tardíos e inhumanos que a veces reciben estas personas en las instituciones privadas y públicas.

Como Aureliano Buendía en “El Coronel no tiene quien le escriba”, así mismo le ocurrió a un anciano de 75 años que llegó al CENIDH hace un año para pedir ayuda frente a la burocracia social y recibir su pensión.

El hombre con seudónimo “Toño” llegó a una oficina del INSS en el 2002 para tramitar su pensión con un certificado médico que le diagnosticaba una enfermedad renal que lo incapacitaba laboralmente, pues trabajó muchos años en los cañaverales de Chinandega.

Esperó una respuesta hasta que acudió al CENIDH. Uno de los funcionarios se quedó perplejo al ver que el seguro tenía un reporte de don Toño con la constancia de incapacidad laboral y las cotizaciones, pero nunca tramitaron su solicitud porque “sólo llegó a preguntar cómo hacía para recibir una pensión”.

“Hablaba con la fuerza del dolor y el desamparo. Nadie lo escuchaba”, lo recuerda Carrión. Le preguntó si tenía hijos y esposa, pero con pena aquel hombre le respondió que lo habían echado por no poder aportar más dinero.

Sólo después que logró recibir un cheque con doce meses retroactivos pudo volver a su hogar. Semanas después don Toño murió y quince días después del funeral una mujer desconocida llegó al CENIDH, era la esposa que preguntaba por su pensión de viudez.

Aunque no son la mayoría de casos, el CENIDH recibe de vez en cuando trámites por disputas familiares, especialmente por la tutela de ancianos donde están de por medio bienes, pensiones y transferencias de familiares en el extranjero.

En este caso la responsabilidad por el adulto mayor cuando pasa al estado de vulnerabilidad corresponde en principio a los hijos. Entre mejores son las condiciones socioeconómicas, mayores son las responsabilidades de ellos. El artículo siete de la Ley de Alimentos explica que “se deben alimentar a los ascendientes y descendientes del grado de consanguinidad más cercano cuando se encuentran en estado de desamparo”, pero la prioridad son hijos y cónyuges, explica Carrión.

Donald Castillo, promotor de la Ley de Protección del Adulto Mayor que se encuentra desde hace años navegando en la burocracia de la Asamblea Nacional, cumplirá el once de mayo las siete décadas.

Conoce muy bien lo que significa ser viejo. Como cofundador de la Central de Trabajadores de Nicaragua (CTN) y presidente de la Asociación de Jubilados y Pensionados Independientes de Nicaragua (AJUPIN), está al tanto del acontecer de los dos consultorios médicos del sindicato. “Vienen casos de abuelas que se quejan de dolores cuando lo que pasa es que el nieto le quiere quitar la casa”.

El sindicalista reclama: “Te quieren ver como un objeto insensible para meterte en la bodega. Los gobiernos, la comunidad y la misma familia lo ven a uno como persona inservible”.

-¿Usted cree que se ha perdido la mística del abuelo y la abuela que existía en el pasado o son casos excepcionales?

-Cuando vos llegás a una edad como la mía, si no te ponés las pilas se te van encima, sos el viejo estúpido que sólo sirve para mandados, aunque aportés con tu pensión no te ven como cuando estabas trabajando-, responde Castillo.

Carrión tiene su propia respuesta: “Hay un nivel de deterioro en nuestra condición humana, irreversiblemente proporcional a los derechos humanos. A mayor cantidad de derechos, inversamente mayores son las expresiones de deterioro humano. Hay un avance normativo, una cantidad abundante de reconocimientos escritos, pero divorciados de la realidad”.

“Muchos de esos ancianos que andan en las calles pidiendo, seguro tuvieron sus casas”, dice Castillo. Luego agrega que la forma más común de maltrato es el sicológico, “los hijos te dicen que uno no hace nada”.

-¿Dónde puede entonces un adulto mayor poner alguna denuncia?

-El Estado no tiene esto como prioridad. La Procuraduría de Derechos Humanos nombró a Benjamín Pérez procurador de adultos mayores, que ni tiene escritorio. Sólo existe el nombramiento, pero sin salario, sin movilización, sin presupuesto.

Mes a mes las sucursales bancarias reciben a los abuelos y abuelas. Con suerte algunos pueden esperar al muchacho de la moto o el cartero con el cheque del seguro en la puerta de su casa.

Se desconoce también la cifra de ancianos que reciben remesas, pero según el último censo de población se sabe que un treinta por ciento de los adultos mayores tienen algún tipo de ingresos gracias a su propio trabajo ya sea como asalariados o independientes, mientras el setenta por ciento restante no tienen ningún ingreso.

La tradición de un país sin sistema social era que los hijos mantenían a sus padres cuando llegaban a la madurez. Si Nicaragua es un país de tradiciones, esta es una excepción.

“Los que tienen –pensión- se las quitan los hijos, ahora imaginate ese 90 por ciento que no tienen nada. Es duro”, explica Castillo.

El Estado debería tener mayor incidencia e involucrarse con políticas de protección porque “jubilarse tiende a ser un problema que significa entrar a la marginación”, sostiene Martha Cepeda, una gerontóloga capacitada a distancia por la Universidad Católica Pontificia de Chile y la Universidad Juan Pablo II de Managua, pionera en el estudio y capacitación de la tercera edad en Nicaragua.

Aunque por decreto existe desde el 2002 el Consejo Nacional del Adulto Mayor formado por funcionarios de todas las instituciones estatales, hasta ahora nadie sabe si alguna vez han logrado salir del papel.

La mayor parte de iniciativas provienen de la sociedad civil, por ejemplo, la Fundación Universidad de la Tercera Edad (FUNITE) que ha organizado 13 agrupaciones de adultos mayores en distintas ciudades del país y –aún cuando no todas se encuentran activas— operan junto a otras organizaciones, como la Fundación Nicaragüense para el Envejecimiento (FUNIVE), la Asociación Nicaragüense de Jubilados y la Asociación de Jubilados del Sector Salud (AJUSS), entre otras.

El mismo Castillo que llevó un proyecto de ley que presentó Agustín Jarquín Anaya al parlamento en octubre del 2005, topó con la burocracia estatal.

La propuesta fue vista por la Comisión de Población, Desarrollo y Municipios y pasó al Primer Secretario Wilfredo Navarro, quien no lo pasó a la directiva, hasta que la comisión económica rescató de la gaveta el documento que sigue sin pasar a plenario, asegura el sindicalista.

De remate, la anulación de las reformas constitucionales y la Ley Marco por la Corte Suprema de Justicia, dejó sin efecto la Ley de Pensiones que garantizaba entre otras cosas un trato igualitario para los adultos mayores en el sistema médico provisional, uno de los pocos logros que se habían conseguido en los últimos años.

A pesar que los adultos mayores son un grupo poblacional relativamente pequeño, no hay un programa abierto de cobertura médica total, ni en el INSS ni en el Ministerio de Salud (MINSA), el área mejor cubierta es pediatría, pero hay una necesidad creciente de geriatras, es decir, especialistas en enfermedades del adulto mayor, como de gerontólogos o especialistas en problemas generales de esta edad, replica Castillo.

La Universidad Juan Pablo II de Managua ha logrado capacitar en gerontología a unas 500 personas, especialmente adultos mayores y personal de asilos, pero titulados en la materia se cuentan con los dedos de una mano.

Datos

Minoría que crece

En el año 2000 los mayores de sesenta años apenas alcanzaban los 230 mil habitantes (4.6 por ciento). Apenas un diez por ciento tienen protección dentro del Programa del Adulto Mayor del INSS, que en el 2006 registró 73 mil consultas generales y 30 mil de especialidades a pacientes mayores.

Las proyecciones poblacionales de la CEPAL estiman un crecimiento de hasta 658 mil ancianos para el 2025 (7.6%) y un millón 825 mil para el año 2050 (16.3 por ciento).

La migración de jóvenes, el incremento del nivel de vida y la reducción de las tasa de natalidad, podrían hacer que en algunas pocas décadas los adultos mayores se conviertan en piezas claves de la pirámide demográfica y social.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) la esperanza de vida al nacer en el año 2000 era de 71.9 años para las mujeres y 67.2 para los hombres, pero incrementará al 2020 de 77.1 y 72.1 respectivamente.

2 pensamientos en “La soledad de los abuelos”

  1. Considero que el artículo es muy interesante y que este tema debe interesarnos a todos y todas, debido a que todos sino morimos antes vamos a vivir esta etapa de la vida.

  2. Mucha informacion administrativa poca respuestas para el público de cómo acercarse a ustedes y ser parte de esoa atención a los adultos mayores

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