Noches de Cuernos I

Las corridas de toros son el alma de muchas fiestas ganaderas, pero tienen su precio: La sangre de los montadores. Detrás del redondel estos sencillos gladiadores muestran las heridas vedadas a la afición de un mal llamado deporte, donde a veces los animales valen más que las personas.

Las reglas de una corrida son muy simples: Gana el que aguanta más… más dolor. No es como el rodeo, donde se toma el tiempo. ¿Alguien vio aquí el reloj esta noche? Mientras el toro sacuda fuerte a su jinete y este se mantenga sobre su lomo el público estará feliz y los chicheros seguirán amenizando.

Un toro gana si el montador cae rápido. Si no se mueve, corre el riesgo de terminar en una parilla de carne asada o en una sopa de lunes. Cuando las cosas marchan como debería ser, el animador llamará al jinete para que recoja la propina en las graderías de los aficionados.

Por decirlo así, la Selección Nacional de montadores llega anualmente a la feria de Expica, el evento ganadero más grande del país, donde los organizadores sólo invitan a los mejores jinetes y traen animales que garantizan buenas montadas.

Cada “monta” se paga ahí a 500 córdobas, así como en Juigalpa, pero en una fiesta patronal, los novatos suelen conformarse con un par de tragos. El mejor montador se llevará además oficialmente un trofeo al final de la feria, aunque el público premia espontáneamente a los mejores montadores con cada jugada.

– Y si te mata el toro, ¿cuánto te dan?

– Si venís contratado le ayudan a tu familia. Si venís solo, dan para el funeral-. Responde Pedro “El Escamoso” Noguera, un ayudante de construcción rivense, reconocido montatoros a nivel nacional y ganador del certamen de Expica, gracias a sus dos últimas montadas en la feria.

De esta manera, este muchacho de rostro áspero y modales sencillos recuerda la función pasada, esperando los aplausos de la próxima: “Damas y caballeros, en esta esquina una bestia temible llamada El Bejuco, 750 kilos de peso, cuernos puntiagudos capaces de enterrarse en la piel y unas pezuñas que pueden aplastar el pecho o la cabeza de su contrincante. Y en esa misma esquina, sobre el lomo del toro, Pedro El Escamoso Noguera, 183 libras, 26 años de edad, esposa, dos hijas y pobre”.

“Pedro no sólo es un buen montador, también es un embajador del deporte Taurino (…)”. –Escribió Ricardo Flores desde Texas, un agente de rodeos que pretende llevarlo a Estados Unidos porque el famoso montador “no sólo se ha llevado varios campeonatos como el mejor jinete en varias barreras nicaragüenses, también ha sido campeón en montaderas de Costa Rica”, donde pagan hasta el equivalente de mil córdobas por toro.

La ventaja de ir al vecino del sur son los toros “brincadores”, porque en Nicaragua meten animales que cornean, incluso en barrera abierta ponen toros “punzón” que están prohibidos en Costa Rica porque tienen cuernos puntiagudos muy peligrosos, afirma Noguera.

Si Expica es una especie de Selección Nacional del deporte taurino, entonces las Grandes Ligas están en los rodeos estadounidenses, particularmente en Houston y Las Vegas.

A Noguera le dicen “El Escamoso” porque después de las montadas le pedían hacer algo más para entretener al público. Este hombre moreno, de contextura mediana, se soltó una vez el pelo largo e hizo el baile “Pirulino” como el protagonista de una novela colombiana. El público quedó encantado.

Su piel no tiene nada de escamas, pero en el brazo derecho lleva desde el año pasado una marca de coágulo que casi tiene la forma de un corazón y le quedó después que un toro lo golpeó de costado contra las tablas de la barrera. En el brazo izquierdo lleva un zipper de una cuarta por un cuerno que le cortó la piel hace pocas semanas.

Para demostrar que Pedro El Escamoso es buen montador los compañeros muestran un video grabado en un celular, donde por más de 14 segundos se observa al jinete sobre El Bejuco, una semana antes de la segunda presentación con los animales de Denis Incer, famoso criador de toros de corridas.

El ayudante de albañil montó su primer toro a los doce años y desde los 15 es un jinete regular de las corridas en todo el país y casi todos los fines de semana tienta a estas bestias. Noguera dice haber montado ya más de mil veces en su vida.

-¿Cuál es tu técnica?

-Tener valor y seguir el movimiento del toro.

Un olor a paja, estiércol y orina inunda la atmósfera detrás de la barrera. En un cuarto sin muebles con piso de cemento duermen algunos de los montadores que vienen de diferentes lugares del país, pero el calor es terrible y los hombres sacan sus colchones afuera y duermen a la intemperie.

Ahí está Bayardo Jarquín alias “El Guapote”, un carretonero rivense, con una boca prominente, dos dientes quebrados, cinco costillas rotas y la mitad del pulmón derecho extirpado por el embiste del “Cáscara de Guineo” hace tres años.

-Cuando caí estaba inconciente y me golpeó en el suelo. Es el único toro que me agarró- Repite el montador de 38 años, mientras sus dos hijos adolescentes Gerardo y José lo escuchan al lado, casi sin inmutarse, porque ellos también quieren ser montadores y saben a qué atenerse. El mayor fue incluso testigo del accidente de su padre.

-¿Y qué sentiste en ese momento?

-Nada.- Responde Gerardo encogiendo los hombros y haciendo una expresión que pudiera significar, ¿qué debería sentir pues?

A los dos meses Jarquín salió de nuevo a la arena para montar.

-¿Por qué?

-Así es el dilema de nosotros. Si nos golpean, que nos vuelvan a golpear.

Como los toros se sortean, podría ser que alguna vez Jarquín tenga que montar de nuevo al toro que lo envió al hospital, pero no le ha tocado la suerte de montarlo otra vez.

-Yo lo he pedido, pero no han querido dármelo.- Responde el más viejo de los doce jinetes que fueron llamados para montar en Expica.

-¿Ha perdido a algún compañero en sus 27 años de corridas?

-Uh! Bastantes, Gregorio Parrales, fue embestido en la ingle, Sixto Canales, arrastrado, un montón, si me pongo a decir no terminamos.

-¿Siente algo por ellos?

-El que está para morir, hasta en la casa se muere.

Parece un negocio de sangre fría, cuya disposición a la muerte no varía con la edad, por ejemplo, Carlos Linarte a sus 21 años tiene una llamativa cicatriz bajo su ojo derecho producida por el filo de un cuerno.

-Por suerte no quedaste tuerto, ¿por qué seguís en esto?

-Uno se acostumbra a los vergazos del toro. Es lo único que se saca uno aquí.

-¿Seguís entonces por dinero?

-Por gusto, también.

Continúa… Noches de cuernos II

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