Noches de Cuernos II

El más joven de los jinetes es un muchacho de veinte años, se llama Yáder Urbina y le apodan “Talón de Gallo”. Vive en Juigalpa, donde trabaja en un matadero y de vez en cuando se dedica a la ganadería.

Desde el 2005 está montando estas bestias, pero por el golpe con la cabeza de un toro en Somoto le faltan dos dientes, aunque como los beisbolistas después de un pelotazo continúa jugando. “Así es el deporte”, dice.

-¿Cómo te metiste a las corridas?

-Pura vagancia.

-Pero te han herido.

-Lo más grave fue un toro que me apeó dos costillas, se llamaba Huracán, fue hace año y medio. Estaba comenzando a montar.

-¿Cómo pasó?

-Me caí y el toro se me paró encima.

-Vos tuviste suerte, ¿has visto a algún compañero muerto?

-Hubo un compañero que andaba conmigo que lo mató un toro.

-¿Te acordás de su nombre?

Entonces se calla, mira hacia abajo. Trata de recordar.

-Parece que se llamaba Ramón. Estaba comenzando cuando andaba con él. Se le paró el toro en el pecho. Yo lo recogí (sin vida).

-Y después de eso no pensaste que podía pasarte a vos lo mismo?

-Al principio sentí miedo, pero llega un tiempo que te da más bien coraje.

-¿Por qué te gustan las corridas, si algún día te puede matar un toro?

-Por el deporte, la mayoría de mi familia ha sido también montadora, mi abuelo y tíos.

-¿Será bueno ese Pedro El Escamoso?

-Sí, claro. Yo tuve mis tiempos, ahora ya no-. Asegura “El Guapote” Jarquín, el montatoros rivense que lo acompaña, que por su compañerismo pone en entredicho la objetividad del veredicto.

Hora y media antes de la corrida, a eso de las seis y media de la noche, los montadores comienzan su preparación. Se desvisten, colocan las rodilleras y vendan sus rodillas e ingles, mientras se ponen en las piernas protectores como receptores de béisbol.

Luego discuten con los promotores por las espuelas de seis milímetros. Ellos quisieran llevar las de ocho milímetros establecidas por los reglamentos de las asociaciones taurinas. “Con estas  -las cortas- llevamos las de perder”, explica Noguera.

Las espuelas de seis milímetros le dan ventajas al toro y lo hace más peligroso, dicen los jinetes, pero los dueños no desean que los animales salgan heridos y prefieren que los hombres corran el riesgo, aunque tengan entre ocho mil y diez mil córdobas asegurados por corrida, sólo por prestar los animales.

Poco antes de iniciar del espectáculo en la feria Expica, llega Denis Incer, un hombre adulto y de baja estatura. Sus toros son los más famosos a nivel nacional, porque de sus 400 cabezas de ganado la mayoría son toros o becerros “para juego”, es decir, de vaca y macho bravo, con el gen agresivo garantizado.

-¿Qué pasa si le sale uno que no brinca?

-Al matadero o la subasta. De diez toros sale uno bueno.- Afirma.

Incer explica que los toros a veces mueren cuando las heridas provocadas por las espuelas son demasiado grandes, por eso prefiere darle a los jinetes, aquellas que tienen seis milímetros de largo.

-Pero eso es más peligroso para los montadores.

-El que se mete a estos ya sabe a lo que viene.

-¿Y cuáles son sus toros más bravos?

-El Capitán es el más bravo, también Relámpago y Tarde Alegre.

-Pero los que me mencionan los montadores son El Conejo, El Bejuco y Cáscara de Guineo.

-Es que esos (los primeros) son bravos al cacho. Los que prefieren montadores son los de brinco.

El conocido criador de toros de barrera es también propietario de tres redondeles, donde sus toros compiten contra los montadores más atrevidos.

El sistema de crianza de estos animales es igual de simple que la técnica de montarlos, “hay que probarlos”, dice Incer. Si esto significa en realidad maltratarlos, no fue aclarado.

-¿Y usted, ha montado toros alguna vez?

-No, nunca.

Mentira. La luna no se peina. Está manchada y parece esconderse sobre el techo de una barrera, en el olor de La Chureca que llega desde las orillas del lago hasta los corrales. Los toros no la miran porque los hombres electrocutan sus cueros para bajarlos de los camiones impregnados con los olores de su propio estiércol y orina.

Llegan en las noches tristes de las corridas y deben ser malvados para sobrevivir. El toro no se mete al agua tibia de un río, sino, a la arena de un redondel, bajo el peso ridículo de un animal extraño que llaman humano.

Saltando aturdidos por el estorbo de sus jinetes que los hieren con hierros puntiagudos, corneando a veces una manta roja, lazados por de jinetes de sombreros texanos y agredidos por personas que les tiran objetos, latas, golpes y escupitajos, los toros saben que sólo puede ser falsa aquella clásica balada. Es mentira, los toros no se enamoran de la luna.

La banda de chicheros levanta los ánimos del público. Los doce montadores como apóstoles se agachan para tocar la arena y persignarse cuando son llamados para hacer el sorteo de toros. Ahí conocen que sólo diez animales están a disposición y dos de ellos quedarán fuera. Luego los músicos se callan y el animador hace una oración de rodillas con los doce montatoros.

Pedro El Escamoso no ha tenido suerte esta noche de jueves, 26 de julio, queda fuera del espectáculo y aunque correrá los días siguientes y ganará el trofeo, esta vez como dicen popularmente verá los toros de largo.

Un hombre sudoroso mantiene los nervios bajo control frente a la puerta de salida de los animales. Los espectadores se levantan cuando sale el toro brincando con un montador a cuestas que lucha por mantenerse hasta que su diminuto cuerpo, flaco y frágil resista.

El Escamoso ahora es un espectador más, sentado sobre la barda donde salen los jinetes y disfruta visiblemente las sacudidas que el toro produce sobre el cuerpo de hombre que desde los parlantes nombran como Ulises “El Norteño”.

No para de reírse aunque el compañero logra bajar de la bestia y visiblemente golpeado abandona la arena en dirección al vehículo de la Cruz Roja.

El animador afuera exclama “!clase de monta!”. Es entonces cuando uno entiende por qué en este deporte nadie practica antes de la gran salida.

Detrás de la barrera, la Cruz Roja atiende al montador lesionado mientras el público aplaude. El siguiente montador toma el casco de receptor de béisbol que El Norteño acaba de quitarse al ingresar a la zona de seguridad detrás de la barda.

El Escamoso discute con sus compañeros la jugada, mientras los chicheros amenizan la pausa y dos hombres a caballo lazan los toros para llevarlos a las rampas donde esperarán el turno de salir.

El Norteño se queja más del dolor en el pecho producido por un cabezazo del toro que de los golpes en la entrepierna, pero a nadie parece importarle. Afuera la gente baila, adentro apenas uno de sus compañeros se acercan mientras los otros ayudan a amarrar botas, espuelas y casco al próximo montador.

Luego lo llaman a través del micrófono, el público quiere premiarlo y ante el llamado del dinero, baja de la ambulancia y renqueando recoge en las graderías los billetes. Se regresa con mil 700 córdobas de propina.

Cuando regresa, el próximo toro está listo, El Norteño vuelve a la ambulancia para continuar el chequeo interrumpido, mientras El Escamoso se acomoda sobre la barda para disfrutar la próxima salida.

Publicado en Domingo/La Prensa el 5 de agosto del 2007

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